fábricas de lenguaje / 17 monumentos/ pieces and love all to hell
dos películas del BAFICI 2012
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por Juan Terranova /

Sobre 17 monumentos de Jonathan Perel y Pieces and Love All to Hell de Dominic Gagnon.

En la lotería argentina, eso que llamamos coloquialmente “quiniela”, el 17 es el número onírico de la desgracia. Si uno sueña una desgracia, le tiene que jugar a ese número. Se puede decir que, al menos en el plano de los sortilegios y la cábala, estaba avisado. Los monumentos de Jonathan Perel son los diecisiete monumentos que se construyeron en los últimos cuatro o cinco años por encargo del gobierno nacional allí donde, durante la dictadura, funcionaron centros de detención clandestinos. La película empieza así con una cédula y un plano que describen cómo deben ser construidos estos monumentos. Otra llamada de atención: sabía que se trataba de una narración sobre la burocracia, pero no me imaginé hasta qué punto. No lo demoremos más. La película es de descripción simple. 17 monumentos se compone de diecisiete planos fijos y estáticos de los diecisiete monumentos en cuestión. Eso es, constituye, la película. Y los monumentos están lejos, muy lejos, de ser fotogénicos. Una larga barra horizontal de cemento armado con la información concreta del lugar y tres postes del mismo material que dicen “memoria”, “verdad” y “justicia”. Ubicados en provincias diferentes, cubren puntos distantes del territorio nacional. Así es la escena que recibe al espectador después del documento inicial. Un plano fijo de un monumento en un lugar rural. Pasan tres minutos. Llega otro plano fijo de otro monumento donde hubo otro centro de detención clandestino. Esta vez hay una construcción atrás que parece una estación de servicio. Tres minutos después, otro monumento más. La variación acá es que el cemento es o está pintado de color verde. También hay una ruta. Cada tanto pasa un auto. Y así siguen desfilando en tomas estáticas los diecisiete monumentos de la desgracia. Se podría, casi sin esfuerzo, empezar a contrastar los detalles, interrogar y decostruir las imágenes, detenerse en las variaciones de los paisajes, en los diferentes ruidos que se escuchan, en los diferentes tipos de pájaros que pasan, en los diferentes tipos de autos que atraviesan la escena, en el sonido del viento; tratar de dotar de sentido a los entornos, a los detalles, a las marcas más pequeñas o efímeras. Por ejemplo, se ven muchos monumentos en campos y lugares desiertos, y uno se pregunta si los centros fueron demolidos y borrados, lo cual es probable. Pero no tiene mucho sentido hacer esto. Mejor es pensar en contra de la película, aceptar –tampoco es difícil– que se trata de una película fallida. Pero, ¿es una mala película? Mejor decir que es tonta, pretenciosa y, desde luego, aburrida. ¿Me indigna? ¿Me enoja? No, ni siquiera puedo decir que me fastidie. Logro, todavía, diferenciar el aburrimiento del fastidio. Digo entonces que apenas me aburre. Estoy seguro que Perel se perdió una película mucho más interesante si no registró el backstage. No me refiero a una parodia al estilo documental apócrifo, sino al entramado de funcionarios y burócratas con el que tuvo que lidiar para viajar y registrar estas simples imágenes. ¿Quién financió el registro? ¿Cómo fue la edición? ¿Qué fue lo que se priorizó durante las tomas? Los monumentos implicaron un viaje por todas las geografías del país. Me imagino a Perel y a su pequeño equipo haciendo noche en un hotel, discutiendo a mitad del camino sobre las condiciones climáticas, charlando durante el desayuno, reanudando con un poco de sueño la marcha o descansando en un micro larga distancia.

El procedimiento sobre el cual se construye la película, por otra parte, ya lo usó Warhol. Si en Empire de 1964, un solo plano del Empire State que dura ocho horas, constituye una provocación sobradora al cine en su conjunto, al cine como institución, como industria, como entretenimiento, esta “técnica” en 17 Monumentos se vuelve seca y parca. ¿O hay que leer aquí una película pop? No, 17 monumentos es fría y burocrática como solo la socialdemocracia puede serlo. Pese a filmar monumentos del gobierno nacional de reivindicación peronista, Perel recurre a una estética y una parsimonia netamente progresista que recuerda mucho la timidez retórica del alfonsinismo, paradójicamente incentivada, al mismo tiempo, por el diseño de los monumentos. Mientras todo eso nos lleva a más de una contradicción, extenuado por la rutina del festival, me duermo a los veinticinco minutos y me despierto faltando diez para el final. Entonces, dos espectadores se levantan y se van. Dios sabe si ofendidos o defraudados y cuánto y por qué. (Sería interesante preguntar en la puerta con qué expectativas se llega a una película así.)

En uno de los monumentos se logra ver la inscripción con claridad: “Aquí funcionó el centro clandestino de detención Batallón 141 durante la dictadura militar 24/3/1976 al 10/12/ 1983”. Se me ocurre que 17 monumentos refleja cierto espíritu BAFICI y sirve de apoyo para el lugar común crítico. ¿El imperativo del aburrimiento como sinónimo de calidad? Mientras un auto cruza delante de unos de los monumentos, pienso en versiones. ¿Se podría proyectar 17 monumentos con otras bandas de sonido? 17 monumentos con el audio de una serie de Warners Bros o Sony. 17 monumentos con lo que se escucha cuando ves un programa de Marcelo Tinelli. También serviría el sonido de una porno argentina, el audio de un partido de fútbol, una ópera de Wagner, o Never mind the bollocks entero. (Habría que repetir canciones porque es un poco corto. Según Wikipedia el disco dura 38 minutos y la película exactamente una hora) También se podría fraccionar y que cada monumento tuviera su propio sonido y su propia canción. Eso sería más complejo. ¿Por qué elegir una canción para un monumento de la Provincia de Buenos Aires y no para otro? Hacerles componer diecisiete canciones a diecisiete cantautores argentinos para cada uno de los museos sería generar una película incluso peor que la actual. Esa forma del silencio que proyecta el sonido ambiente tiene algo digno que la película respeta. Aparte, aunque las uniones fueran elegidas al azar, el sentido que generan debe ser leído como un sentido consciente. O al menos eso es lo que entiendo se propone aquí. Cuando termina la película aparece el director, agarra un micrófono y responde preguntas. “Me interesaba dar un tiempo, porque es un tema que necesita tiempo” dice. Ya pasaron treinta años. ¿Cuánto tiempo más vamos a esperar? ¿Un siglo? ¿Y esperar para qué? ¿Para comprender que el Estado moderno puede ser criminal? ¿Para corroborar que esa criminalidad terrorista le cabe también la crueldad y el sadismo? Quizás la película, en el fondo sí me indigna un poco, y si lo hace, si me indigna, es porque me resulta frívola, pero no lo suficiente.

Un hora después entro al Abasto. El olor a desodorante de ambientes y plástico del cine ya me resulta familiar. La película que voy a ver se llama Pieces and Love All to Hell, de Dominic Gagnon. El catálogo dice que se trata de “un collage de fragmentos de webcams, que debido a su contenido polémico o demasiado explícito fueron retirados de diversas plataformas”. Así la película describe dos paranoias. En primer plano, la que practican los que salen en cámara, la antología de rostros y voces que nos hablan y nos miran. En segundo lugar, producida por el dato adicional –real o no, importa poco– de que un grupo de censores dio de baja ese material desde las bases de videodigital de la red. Como tantas otras películas del festival, se trata de un trabajo de montaje íntegramente hecho con archivo. No hay otro material, no hay otro procedimiento. Archivo digital y montaje. De hecho, el montaje es acá el gran protagonista. ¿Paranoia y montaje? Más allá del ánimo lúdico de Pieces and Love All to Hell, Gagnon propone un catálogo de perseguidos y alucinados que se termina transformando en el retrato de las múltiples caras de una época. Pero, ¿qué es lo que vemos? Vemos mucho y muy parecido. Pese a eso, enseguida identificamos los personajes.

El prólogo de la película está a cargo de un hombre de rasgos indios que habla sobre las bondades del matriarcado y lo define como la única o la mejor posibilidad de unión de América. El matriarcado es algo bello y puro, dice, algo que puede salvarnos de nosotros mismos, de nuestra pulsión autodestructiva y nuestra irracionalidad sin amor. Luego, comienza la galería de mujeres que conforma el grueso de la película. Con estética de filmación casera, ellas nos mostrarán los diferentes actividades que llevan adelante empujadas por un esmerado cultivo del exhibicionismo y los vicios paranoicos. Una chica en bikini muestra su kit de supervivencia y sus diferentes armas de fuego con su bebé en un corralito a dos metros de distancia. Una mujer enseña cómo hacer primeros auxilios y cita la necesidad de atravesar el “umbral del dolor”. Una mujer habla a cámara y dice “la certeza es peligrosa”. Una mujer muestra su huerta orgánica y acusa al gobierno de modificar genéticamente los alimentos para controlar la voluntad de los votantes. Mucho apocalipsis, mucho lasts days, cristianismo redentor, y final de la civilización tal y como la conocemos, entonces. Mucha denuncia de los alimentos transgénicos, de la manipulación mental por parte del gobierno, mucho señalamientos de contradicción en la política y llamados a despertar y a la conciencia, pero todo en abstracto. Sin nombres, sin pruebas, sin nada más que el placer de intentar asustar a alguien. Algunos discursos están realmente bien, llegan incluso a emocionar. O al menos me emocionan a mí. Hay que luchar, no hay que creer en lo que te dicen, es necesario autoafirmarse en la propia subjetividad. Se trata sin duda de llamados a las disconformidad y la desobediencia contra un sistema que es injusto. Pero enseguida la verdad de esta arenga, cuya tradición en el siglo en los últimos dos siglos entregó lo mejor y más potente de las ciencias sociales, se contamina de forma irremontable con alguna tontería. Las advertencias y las consignas son apenas gestos narcisitas. No hay política que pueda pregonarse desde ese nivel totalizador y general. “Obama no va a ser mejor que Bush”, “El final se acerca”, “Liberen América, sigan diciendo la verdad”, “Digamos lo que pensamos al mundo”, “No nos dejemos manipular por fuerzas extranjeras”. Los recursos retóricos de las oradoras de Pieces and Love All to Hell no superan este tipo de aspavientos.

El recorte que hace Gagnon denota cierto virtuosismo que contrasta con la baja calidad de las tomas, que muchas veces se pixelan o pierden forma por la iluminación deficiente. La mayoría de las mujeres son bellas y jóvenes. Los personajes tienen parlamentos breves que son recortados y acomodados con paciencia. Finalmente son seis o siete mujeres, no más, las que hilan el relato. Una se rapa a cero con una máquina y llora en cámara. Otra lentamente se va maquillando de zombie. La que enseña primeros auxilios hace una lista de quienes morirán primero cuando llegue el desastre, enumerando a viejos, enfermos, niños y locos. Muchas usan lentes oscuros. Y así cada fragmento y cada escena van aportando lo suyo a lo que termina siendo un rompecabezas bien ordenado, una fiesta de neurosis, histeria y bipolaridad.

No todo es whitetrash, pero Gagnon no logra resistir la tentación de incluir el entrenamiento doméstico masculino de tropas irregulares. El delirio místico aparece lateral y la xenofobia se sospecha pero no es explícita. La película tiene la duración acertada de una hora. A diferencia de 17 monumentos no aburre ni quiere aburrir ni tiene más pretensiones de las que exhibe, y por eso logra muchísimo más. Pensándolo bien son dos películas opuestas. Pieces and Love All to Hell es caliente y actual, sucia, con bordes reblandecidos que ejercen la seducción del pastiche sin caer en el empaste. 17 monumentos es fría, muy fría, de una gelidez poco atractiva. Ambas son de producción barata, pero la de Gagnon es sofisticada y la de Perel, pobre. Uno no puede estar en contra del aburrimiento. Es parte constitutiva del arte y de la modernidad. Es parte de descubrir y avanzar. Hay un detenerse a mirar, un detener el “vértigo de la existencia”, que el aburrimiento consigue. Sin aburrimiento no hay diálogo ni comentario posible, no hay contrastes. La idea misma de desalienación está ligada a un momento que, en primera instancia, puede ser descripto como aburrido. 17 monumentos tematiza eso de manera contundente. Pero eso no la hace una buena película. En ese sentido es facilista, compacta y desprovista de libido. Pieces and Love All to Hell va exactamente en la otra dirección, tematizando cómo las nuevas tecnologías pueden embrutecer y ser vehículo de nuestras afectaciones más siniestras. Ninguna de las dos es cine de denuncia, pero Gagnon logra articular interrogantes sociales ahí donde Perel fracasa. No es ajeno a esto el ánimo festivo de la cultura digital, ese calor de la contemporáneo que hoy resulta sinécdoque de la política.



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