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casa tomada
Timote y la astucia. Un pueblo que descubre una joya de la abuela de la Historia. La casa del sol naciente. La casa donde, en 1970, una nueva forma de justicia popular ejecutó al jefe de “la Fusiladora”, Pedro Eugenio Aramburu. Y el pueblo que sin comerla ni beberla albergó ese hecho, hoy intenta hacer su negocio con las políticas de la memoria. Le prestaron la casa a la Historia. Ahora van por lo que les toca.
05 de Diciembre de 2014
crisis #21

“Acá estamos, viendo cómo pasa el tiempo, porque en este pueblo lo único que pasa es el tiempo”, dice Esther Ponciano a sus amigas, con las que comparte el sol de la tarde en la plaza de Timote, un caserío perdido en la rica geografía de la pampa húmeda bonaerense. Alrededor de las mujeres se arremolina una veintena de vecinos que asisten con curiosidad y emoción al rodaje de la primera escena del largometraje La Celma, que reconstruye el secuestro y ajusticiamiento por parte de la agrupación Montoneros del ex presidente de facto teniente general Pedro Eugenio Aramburu, ocurrido en un antiguo casco de estancia ubicado a unos mil metros de la plaza, ahora convertida en set de filmación.

La iniciativa recrea los acontecimientos que en el otoño de 1970 le abrieron a ese ignoto lugar del distrito de Carlos Tejedor, a unos 480 kilómetros al oeste de la Capital Federal, un espacio en la historia nacional. Fue gestada por el colectivo Arte Comunitario Timotense y se inscribe en una búsqueda que el grupo viene desarrollando desde hace casi una década mediante diversas expresiones artísticas que tienen como eje la memoria colectiva y la identidad. No aspiran a sumar revelaciones que vengan a alterar la historia ya escrita, sino más bien a construir y transmitir sus propias experiencias en el marco de aquel hecho; un relato que, al mismo tiempo, recoja en esas historias mínimas el fruto de la memoria colectiva de los habitantes de un pueblo enfrentados involuntariamente a semejante encrucijada.

Los miembros de Arte Comunitario Timotense ya filmaron dos películas vinculadas con la historia e identidad locales: el corto Los Blancos de Villegas y el largo Pincén, el cacique de las pampas. En ambos casos abordan la época y los personajes de la denominada “Conquista del desierto” en la zona.

El guion de La Celma surge de una tarea de recopilación de datos e investigación a partir de relatos de testigos directos de los acontecimientos hecho por los propios vecinos, quienes también asumieron la producción integral del film: conformaron los equipos técnicos y artísticos y consiguieron apoyo financiero del municipio local, del Instituto Cultural bonaerense y de Instituto Nacional del Teatro. Así, los vecinos se convirtieron en actores representando en algunos casos a sus propios progenitores y familiares, y de cada casa se rescataron autos, muebles y vestimenta que sirvieron para las ambientaciones de época.

Los realizadores eligieron el 1 de junio último para comenzar el rodaje, en coincidencia con la fecha en que Aramburu, recluido en el sótano de la estancia, fue sometido a un juicio popular que acabó en su ejecución. “No es casualidad que se haya elegido esa fecha de inicio del rodaje y tampoco que para esta secuencia se eligieran a las vecinas de mayor edad del pueblo, ya que fueron testigos de lo que vivió Timote en esos trágicos días”, expresaron desde el colectivo mediante un comunicado que informó sobre el comienzo de la filmación. El proyecto es, dicen, “mucho más que una película, es parte de la historia de un pueblo que hoy es contada por sus propios vecinos; que además escriben, filman, editan y actúan; esto es cine desde el lugar mismo, esto es cine comunitario”, destacan.

Bruno Rodríguez, un veterinario devenido en guionista, director y alma mater del proyecto, consideró que “los vecinos de Timote tenemos el suficiente derecho a contar esta historia como testigos directos de aquel hecho, ocasionales, pero testigos al fin”. Según la visión del realizador, “más allá de lo que pueda generar el acontecimiento artístico en sí mismo, seguramente la película despertará más de una polémica ya que aquel trágico hecho significó una bisagra en la historia política argentina contemporánea”.

salvataje

Paralelamente al rodaje de la película los vecinos consiguieron un objetivo sobre el que venían insistiendo desde hace años: iniciar tareas de salvataje del edificio derruido de La Celma. Reciclar y conservar el casco de
la estancia, hoy semiderruido, y preservar el escenario concreto del hecho histórico con la idea de convertirlo en un sitio de memoria en la misma línea que la película.

En coincidencia con el comienzo de la filmación, las autoridades municipales de Carlos Tejedor pusieron en marcha una serie de obras de recuperación de la casona, deshabitada por décadas y en un estado de desamparo con riesgo de derrumbe. La propiedad tiene parte de su techo desmoronado y varias de sus paredes arruinadas. El año pasado, una fuerte tormenta provocó la caída de un enorme eucalipto que se desplomó sobre la construcción. 

“Vamos a intentar recuperar al menos la fachada, reconstruir alguna de las habitaciones y parquizar el predio que hoy se ha convertido en una verdadera ruina”, aseguró el delegado municipal, Mauricio Bregman. En el proyecto que los lugareños acercaron a la comuna se incluye, además, un sistema de iluminación y la reconstrucción del sótano, en que fue hallado sin vida el militar bajo un manto de tierra y bolsas de cal.

La idea de los vecinos es compartida por la actual intendenta María Celia Gianini del Frente para la Victoria (quien gobierna el distrito desde 2007) y por su antecesor Emilio Monzó, que hoy revista en las filas del Frente Renovador. Fue durante la gestión comunal de Monzó (entre 2003 y 2007) –hoy ministro de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires– que la propiedad fue declarada patrimonio y sitio de interés cultural por el Concejo Deliberante de Carlos Tejedor. La ordenanza N° 1838, sancionada en 2004 incluyó “el predio y la construcción edilicia La Celma” entre los bienes considerados como patrimoniales. Según la normativa se trata de “sitios que constituyen la expresión o testimonio de la creación humana y la evolución de la naturaleza, de carácter irremplazable, cuya peculiaridad, unidad, rareza y/o antigüedad les confiere un valor excepcional, desde el punto de vista histórico, etnológico o antropológico”.

Ya en 2008 la intendenta había hecho pública su intención de restaurar la vivienda y llevar allí las placas que fueron retiradas de la plaza que, por decisión de los vecinos, cambió su nombre de Aramburu por el de Roberto Aldo Bordoy, un timotense que pereció en el hundimiento del crucero General Belgrano, durante la guerra por las Islas Malvinas. Hoy las placas permanecen en dependencias de la delegación, luego de que las autoridades municipales rechazaran el pedido de un familiar del dictador que solicitó que fueran entregadas. 

Los vecinos plantearon, entonces, su idea de instalar en La Celma un museo para recordar que allí se produjo el crimen político que marcaría el comienzo de la década más violenta de la historia argentina del siglo XX. En aquel momento, el proyecto fue enfáticamente apadrinado por Monzó, por entonces diputado provincial, quien pensaba que, por su fuerte referencia histórica, el lugar debía ser incluido en un circuito educativo y turístico y para ello elaboró un proyecto de ley para que fuera declarado patrimonio provincial.

La iniciativa generó un enorme revuelo en el kirchnerismo; al punto que en la Cámara de Diputados bonaerense se aprobó por unanimidad un proyecto de declaración presentado por el legislador oficialista Ricardo Gorostiza que rechazaba “la posibilidad de que tanto en el ámbito nacional o provincial se declare sitio o lugar histórico, o se propicie la instalación de un museo” en la casa donde fue hallado el cuerpo de Aramburu. Más aún cuando, de la mano de Monzó, los vecinos llevaron la propuesta a la arquitecta y por entonces titular del Instituto Cultural, María Álvarez Rodríguez, la actual ministra de Gobierno bonaerense y vicepresidente del PJ provincial, la descartó de plano por considerarla “antipopular”.

Hoy, en la Legislatura provincial, el diputado por el Frente para la Victoria Nelson Silva Alpa, oriundo de Timote, se propone insistir con un proyecto para que los legisladores avalen la restauración de La Celma y conseguir así los recursos necesarios. Sin embargo, según sus colaboradores “se encuentra estudiando el momento propicio” para presentarlo, frente a los rechazos conocidos a la iniciativa por parte del oficialismo. Teme, el legislador, reavi- var el rechazo que ya despertó la idea en el seno del peronismo provincial.

abandono

El derrotero de La Celma tras la muerte de Aramburu es curioso. Cuando se produjo el secuestro del líder de la autodenominada Revolución Libertadora, el 29 de mayo de 1970, la propiedad pertenecía a la familia Ramus, uno de cuyos miembros, Carlos Gustavo, militaba en Montoneros y participó del operativo junto con Mario Firmenich, Fernando Abal Medina, Ignacio Vélez, Carlos Maguid, Carlos Capuano Martínez, Emilio Maza y Norma Arrostito. La Celma ya había sido usada por Montoneros en febrero del 69 para ocultar fusiles robados del Tiro Federal de Córdoba, según lo revelado en 1974 por la revista La Causa Peronista, órgano de prensa de la organización.

Según la versión difundida por Montoneros en aquel momento, en la noche del 1 de junio de 1970 Aramburu fue ejecutado tras ser sometido a un “juicio sumario” en el que fue hallado culpable del fusilamiento del grupo de militares peronistas rebeldes encabezado por el general Juan José Valle. Se le adjudicó, también, la desaparición del cadáver de Eva Duarte de Perón. El cuerpo de Aramburu fue descubierto en La Celma dos semanas más tarde por agentes de un destacamento policial de la zona. Montoneros había planteado que el cadáver del militar no sería entregado hasta que reapareciera el cuerpo de Evita. Al hallazgo le siguió la presencia de peritos, policías y militares que inspeccionaron el lugar, hasta que pocas semanas después se marcharon.

María Amalia Iribarren, madre de Carlos Gustavo Ramus, enviudó al poco tiempo y las dificultades económicas la obligaron a vender la estancia. Según documentos obrantes en el Registro de la Propiedad, la transacción se hizo el 16 de abril de 1979, en favor de Mario Castro, un vecino de Timote dedicado a los negocios inmobiliarios. Extrañamente, Castro vendió la propiedad al Estado bonaerense antes de que se cumpliera un año de haberla adquirido y por un monto menor a la tasación oficial del inmueble.

La finca fue adquirida por un trámite de excepción autorizado mediante el decreto 2262, dictado el 17 de diciembre de 1979, por el Ministro de Educación provincial general de brigada Ovidio Solari. La escritura confeccionada por la notaria autorizante de la Escribanía General de Gobierno, María Luisa González, el 4 de marzo de 1980 refiere que el asiento legal de la operación de compraventa, fue rubricado en el despacho del gobernador, general Ibérico Saint Jean y lleva su firma, además de las de Solari y del vendedor. En la familia Ramus siempre sospecharon de una maniobra de los militares para quedarse con la propiedad con fines inconfesables.

Apenas finiquitada la adquisición, las autoridades de la época mandaron reacondicionar La Celma. La pintaron a la cal e instalaron en su frente un mástil que aún se encuentra en pie. Al cumplirse una década de la muerte de Aramburu el gobierno de facto realizó –en un rapto fellinesco– un desfile militar en medio del paisaje bucólico y desolado del caserío e impuso el nombre de Aramburu a la plaza del pueblo.

Aquellos arreglos en la finca sirvieron para propagar la versión, que muchos aún sostienen en el pueblo, sobre la intención del gobierno de facto de instalar allí un museo de la lucha antisubversiva. Es lo que en su momento escuchó el propio Mario Bregman, un antiguo vecino de Timote dedicado a la distribución de calzado, quien tiene sobre sus hombros la responsabilidad de representar a Aramburu en la película.

Hasta fines de los 80, el gobierno municipal de Carlos Tejedor se hizo cargo del mantenimiento de la finca. Pero las reiteradas intrusiones y robos de que fue objeto, sumados a la inexistencia de un proyecto por parte del gobierno provincial, hicieron que la comuna decidiera dejar de pagar la luz y de invertir en su mantenimiento.El impacto de la crisis en las economías regionales provocada, entre otras cosas, por el cierre definitivo de los ramales ferroviarios a principios de los noventa y las reiteradas inundaciones, contribuyeron al deterioro. Abandonada la casa fue presa de saqueadores que llegaron a llevarse hasta las aberturas originales y terminaron por dejarla en su estado actual de desamparo.

El predio se encuentra actualmente bajo la órbita de la Dirección de Inmuebles del Ministerio de Economía provincial y, tal como se informó desde el gobierno provincial, “no cuenta con un destino asignado”.

Para los vecinos de Timote recuperar La Celma no solo tiene que ver con reivindicar su propio lugar, la memoria de sus habitantes y, en definitiva, su propia identidad. A un mismo tiempo, se busca el objetivo estratégico de desplegar alternativas para no desaparecer: el pueblo surgido en 1876 como un fortín a orillas de la laguna Foromalán llegó a tener en la década del treinta unos dos mil habitantes; hoy apenas suma 400. 

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