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la filosofía sin sujeto
¿Por qué la filosofía está ante el apocalipsis que siempre soñó y apenas balbucea? Desde un posible rebrote del comunismo hasta la consagración del control biopolítico, pasando por el solucionismo tecnológico y el llamamiento a ignorar el virus, los intelectuales críticos no parecen estar a la altura del desafío histórico que supone la pandemia. Un pantallazo por las intervenciones más influyentes a nivel global y tres hipótesis para salir del atolladero.
Ilustraciones: Ezequiel García
15 de Junio de 2020
crisis #42

 

En épocas de catástrofes, las sociedades abrazan a sus soberanos y desprecian a sus pensadores. En Estados Unidos y Brasil vemos marchar a partidarios de Trump y Bolsonaro animando a la gente a romper la cuarentena. En Argentina, el carisma neoalfonsinista de Alberto Fernández parece ser la principal tecnología de gobierno para prolongar el confinamiento. Para los intelectuales, en cambio, el campo cultural se angosta, los hechos huyen de las ideas, y deben terminar invirtiendo su capital simbólico en los fondos de riesgo de una coyuntura irracional.

El 26 de febrero, con más 80.000 casos de contagio confirmados, el filósofo italiano Giorgio Agamben publicó una breve columna de opinión. Allí afirmaba que el Covid-19 era apenas una gripe y que el verdadero sentido de la alarma era extender el estado de excepción para que los gobiernos controlaran aún más a la sociedad. Entre las voces de repudio a la columna de Agamben se oyó la de su amigo, el también filósofo Jean-Luc Nancy, quien recordó cuando, años atrás, los médicos le prescribieron un trasplante de corazón: “Giorgio fue una de las pocas personas que me aconsejó no escucharlos. Si hubiera seguido su consejo, probablemente habría muerto tarde o temprano”.

Al día siguiente de la columna de Agamben, cuando el virus ya había alcanzado a 46 países, Slavoj Žižek publicó en Russia Today una nota titulada “Coronavirus es un golpe al capitalismo al estilo de ‘Kill Bill’ y podría conducir a la reinvención del comunismo”. Allí el esloveno apostaba por el colapso del capitalismo, un gobierno global que se hiciera cargo de la crisis y una nueva oportunidad para un “comunismo basado en la confianza de las personas y en la ciencia”.

Pese a las polémicas, las interpretaciones desaforadas de Agamben y Žižek marcaron las dos rutas que tomarían todas las interpretaciones posteriores del Covid-19: o como una excusa para vigilar y castigar, o como una oportunidad para resetear al capitalismo financiero hacia un sistema mejor.

 

la decadencia de occidente

La versión más coherente y exitosa de la pandemia como excusa para la vigilancia fue la de Byung-Chul Han, el filósofo coreano que escribe en alemán y vive en Alemania. En una nota publicada en El País de España, Han señalaba que Asia, y China en particular, estaban gestionando la pandemia con éxito gracias a un capitalismo de vigilancia tecnológicamente más desarrollado y políticamente más tolerado. Occidente, en tanto, se había reblandecido por la permisividad y conformismo de la globalización y la cultura digital. A la salida de la peste, aventuró Han, China exportará su sistema de vigilancia al mundo y así relanzará el capitalismo.

La nota de Han se publicó el 22 de marzo, con Europa como nuevo epicentro de la pandemia, y se viralizó de inmediato. Pese a cerrar con un llamado a la Humanidad, el éxito de Han fue alimentar la recurrente crisis de autoestima de Occidente. Cada tanto Europa se siente vieja y fofa ante un Oriente vital, sea el imperio japonés, la Rusia bolchevique o la India de Osho. Y Han, un híbrido civilizatorio de notable éxito editorial, supo alimentar ese sentimiento en un momento crítico.

Días después, Paul B. Preciado calcó el mapa de Han y señaló que mientras Europa apela a la disciplina del confinamiento (una tecnología medieval), Asia usa herramientas biopolíticas: testeos, vigilancia digital. Este último, concluyó, es el modelo que gobernará nuestros cuerpos.

Mientras tanto en América Latina, el chileno Gustavo Yáñez González reprodujo los miedos de Agamben; el uruguayo Raúl Zibechi, la fascinación morbosa por la vigilancia china; y la anarcofeminista boliviana María Galindo definió al Covid como “una forma de dictadura mundial multigubernamental policíaca y militar” y propuso “cultivar el contagio y desobedecer para sobrevivir”: violar la cuarentena y afrontar “la enfermedad, la debilidad, el dolor”. La de los latinoamericanos es otro tipo de crisis de autoestima: la de intentar trasplantar la justificada paranoia europea ante los estados policiales en una región en donde los aparatos estatales apenas gobiernan la superficie de sus poceadas sociedades.

 

el covid y las tareas del proletariado

A medida que se apilaban los féretros, interpretar la pandemia como una oportunidad de cambio social se volvió más temerario. Algunos optaron por un razonamiento oblicuo. David Harvey, por ejemplo, tituló “Política anticapitalista en tiempos de Covid-19” a un texto que es una explicación marxista de la pandemia y sus efectos económicos. Hacia el final, Harvey especula con que la recesión se centre en Estados Unidos y entonces “las únicas medidas políticas que van a funcionar, tanto económica como políticamente, son bastante más socialistas que cualquier cosa que pudiera proponer Bernie Sanders”, pero a cargo de un Trump que, “si es sabio, cancelará las elecciones sobre la base de una emergencia y declarará el principio de una presidencia imperial”. La única política anticapitalista que parece concebir Harvey es la que puede llegar a aplicar el propio Trump.

Del mismo tono es el desplazamiento del sujeto revolucionario de Franco Berardi: “Lo que no ha podido hacer la voluntad política podría hacerlo la potencia mutágena del virus”. En efecto, para Berardi el neoliberalismo deprimió al espíritu revolucionario. Pero la llegada de la pandemia “nos obliga a aceptar la idea de estancamiento como un nuevo régimen de largo plazo”: redistribución del ingreso, reducción del tiempo de trabajo, igualdad, frugalidad, etc.

El extraño optimismo de Harvey y Berardi expresa hasta cierto punto una claudicación política: asumir que no hay sujeto político anticapitalista, que las tareas del proletariado las debe asumir Trump, un virus o cualquier otra cosa. Comunismo por interpósita persona.

El extraño optimismo de Harvey y Berardi expresa hasta cierto punto una claudicación: asumir que no hay sujeto político anticapitalista, que las tareas del proletariado las debe asumir Trump, un virus o cualquier otra cosa. Comunismo por interpósita persona.

 

arquitectos del nuevo mundo

Si el Covid nos obliga a rediseñar nuestras sociedades, conviene tener en radar a dos pensadores aún poco conocidos en Argentina. Uno es Yuk Hui, un filósofo hongkonés que enseña en la Universidad Bauhaus de Weimar. El proyecto de Hui es reconstruir comunidades a partir de la tecnología, ya no como herramienta sino como “relación con el cosmos”. Los males de la época son para Hui resultado de la cultura “monotecnológica” de la globalización que aplaca toda diversidad (cultural, biológica) imponiendo un modelo técnico sin arraigo en las sociedades.

La lucha contra el Covid acelerará la digitalización. Esa puede ser, para Hui, la oportunidad para recuperar la diversidad tecnológica de cada pueblo y construir una “solidaridad concreta”, más eficaz que los estados nacionales y los organismos internacionales en proteger a las comunidades de amenazas externas como virus o terrorismos. El mundo pospandemia que nos propone Hui suena amable pero su particularismo está al borde del tribalismo o el chauvinismo tecnológico. Más grave aún es que su modelo de “cosmos técnico” sea China, una potencia en ciernes que no promete respetar diversidades.

El otro pensador es Benjamin Bratton, un sociólogo norteamericano que trabaja para Strelka, un instituto privado de urbanismo con base en Moscú. Para Bratton la única manera de superar la crisis climática es mediante una planificación global de espacios artificiales para cada especie, incluyendo la humana. Habitar la Tierra como si fuéramos colonos de un planeta desconocido. Y la cuarentena es un buen laboratorio para ello: la automatización y el testeo masivo perfeccionan la gobernanza; la reclusión nos permite repensar la vivienda y la escasez nos obliga a planificar estratégicamente la economía; la epidemiología nos enseña a ver a la sociedad como un todo y la gestión de la pandemia nos permite pensar al planeta como un artificio programable.

Bratton propone ser pragmáticos, comparar modelos y adoptar lo que sirva. Pero su solucionismo tecnológico lo lleva a relativizar al capitalismo de vigilancia y favorecer la intervención de un ejército trasnacional en donde hiciera falta. No por nada se dedicó a ridiculizar los temores de Agamben desde su cuenta de twitter. Los arquitectos del nuevo mundo parecen no tener lágrimas por las libertades perdidas.

 

la venganza de lo real

En medio de todo el ruido filosófico, el venerable Alain Badiou se confinó voluntariamente, entendió que las pandemias son inevitables en un capitalismo donde la mugre de un viejo mercado de Wuhan está inmediatamente conectada al comercio global chino, y que los estados nacionales tienen poco que hacer ante crisis globales. Y propuso aprovechar la cuarentena para pensar en la mejor estrategia comunista para después de la pandemia. Nada nuevo saldrá de otra peste como tantas conoció el mundo.

¿Por qué en medio de una catástrofe que altera a todo un sistema, los críticos profesionales de ese sistema no saben qué hacer? ¿Por qué la filosofía se encuentra ante el apocalipsis que siempre soñó y apenas balbucea? Muchas intervenciones son brillantes, sólidas, agudas, pero luego de leerlas vemos todo igual que antes. Quizás la democracia feroz de las redes sociales ya lijó toda voz autorizada. Una razón puede ser que ante un evento totalmente inesperado la primera reacción de casi todos los intelectuales fue acomodarlo en su sistema conceptual: el estado de excepción de Agamben, la sociedad del cansancio de Han, el malestar del cuerpo político de Berardi, la pornofarmacopea de Preciado… pareciera que es más fácil que el Covid cambie al mundo a que un intelectual revise sus conceptos.

Otro problema es que casi todas estas interpretaciones cumplen con algún oscuro presentimiento de la doxa: el vecino, que entiende a la cuarentena como un atropello a sus libertades y se cose una estrella amarilla en protesta, puede llorar con Agamben o Han; el militante, que espera el retorno del Estado de Bienestar porque los gobiernos incurren en déficit fiscal, puede entusiasmarse con Harvey o Žižek. Enamorados de sus propias ideas y sin capacidad para ofrecer más que lo que la mayoría de sus lectores ya teme o sueña, es difícil que los filósofos de la pandemia ofrezcan nada nuevo. Serán cronistas pero no profetas.

¿Por qué en medio de una catástrofe que altera a todo un sistema, los críticos profesionales de ese sistema no saben qué hacer?

 

Una tercera dificultad es más profunda. Desde Kant en adelante, el pensamiento moderno entiende que no hay objeto sin sujeto: las cosas existen solo en la medida en que pueden ser pensadas. De allí a afirmar que todo existe solo dentro del lenguaje había un paso, que lo dio la filosofía del siglo XX. Por escapar de los dogmas, el pensamiento contemporáneo quedó encerrado en el discurso. Cuando Berardi afirma que “No existe una salida política de la axiomática del capital, no existe un lenguaje capaz de enunciar el exterior del lenguaje”, deja en claro el riesgo político de esa trampa filosófica.

El giro lingüístico del pensamiento fue sumamente productivo para la crítica a los discursos dominantes, el estudio de las identidades, etc. Pero tarde o temprano iba a llegar Covid-19. Lo admite el mismo Berardi: “El capitalismo pudo sobrevivir al colapso de 2008 porque las condiciones del colapso eran todas internas a la dimensión abstracta de la relación entre el lenguaje, finanzas y economía. No podrá sobrevivir al colapso de la pandemia porque aquí entra en juego un factor extrasistémico”.

Un virus, el calentamiento global o la posibilidad de que la Inteligencia Artificial escape a nuestro control son visitantes que llegan desde afuera del lenguaje. Y una filosofía encerrada en el lenguaje no puede más que escuchar los golpes en la puerta, incapaz de ver quién está allí afuera. La pandemia será combatida en los laboratorios, en los hospitales y en cada hogar. Pero al final de la jornada querremos entenderla para saber cómo seguir. Y eso solo podrá decirlo un pensamiento nuevo, capaz de reamigar de alguna manera al lenguaje con las cosas que nos rodean y que se están rebelando.

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