Políticas de la literatura / Sagat / Costumbrismo hard
los bordes de la autoficción
Flavio Lo Presti escribió sobre la obra de Pablo Ramos.
05 de Abril de 2017
crisis #27

¿Por qué la crítica no lee a Pablo Ramos? Mi impresión es que los críticos académicos no escriben artículos sobre su obra, que en los congresos y coloquios y en las reuniones de eruditos la obra de Ramos pasa completamente desapercibida. Me gustaría saber si hubo alguna intervención sobre él en el último congreso de literatura autobiográfica en Rosario, pero sospecho que no. ¿Hay algo en la suciedad formal de su literatura, en sus clichés, en el exhibicionismo, en el personaje aluvional que se ubica en el centro de sus libros, que irrita las narices de la crítica argentina?

Si uno se deja llevar por su primer libro de cuentos, Cuando lo peor haya pasado, tiene que reconocer que una cierta impericia hace difícil tomarlo del todo en serio: “mínima furia contenida” (38); “hizo milagros que nunca van a permitir que pueda olvidarla” (41); “como si toda la tristeza que hasta ese momento habíamos esperado hubiera descendido para siempre sobre nosotros” (98). En el marco de unos cuentos convencionales y confesionales, en las que en general el protagonista es un hombre culposo y violento, con problemas de adicciones y de manejo de la ira (hay alguna excepción en el chico florista que se enamora beatíficamente de una prostituta), casi nada hacía esperar los dos libros siguientes.

trilogía furiosa

El primero es El origen de la tristeza (EODLT), una novela corta dividida en tres partes, que corresponden a aventuras muy diferentes entre sí. Las torpezas estilísticas de Ramos están ahí, el costumbrismo indigerido está ahí también, y sin embargo hay tanta sensibilidad en el manejo de esos materiales que el libro se inviste de una gracia impura pero innegable. No abundan los niños en la literatura argentina, pero el Gabriel que narra en EODLT remite directamente al Silvio de Artl por su condición marginal, por la opción por la ilegalidad, aunque hay un resto de ligazón social que le impide transformarse en un juguete rabioso: Sarandí, unos padres que existen densamente (a diferencia de la madre de Astier, que existe solo para representar un aspecto opresivo), la posibilidad de la amistad. A pesar de que los sucesos narrados son oscurísimos, hay luz en todos los rincones del Viaducto. En Fernando, el músico gay que encuentra a Gabriel después de que la madre ha intentado suicidarse con pastillas; en Marisa, la amiguita a la que le da su primer beso; en la alegría con la que roban el vino de los contrabandistas con el propósito de debutar con las prostitutas de la villa; en el alcohol mismo. Es difícil saber, como en todos los libros de Ramos, si el momento en que una banda de menores se emborrachan con vino robado es un pasaje jubiloso o un síntoma de peligro, lo cual constituye una enorme virtud literaria reñida con los arrebatos aleccionadores del narrador.

Todo el universo de la obra de Ramos aparece acá, y tiene uno de sus fundamentos morales en Rolando: un personaje presentado en EODLT como cuidador del cementerio, conquistador de su soledad en su propia ley: una rigurosa ética de alcohólico y del trabajo bien hecho, del respeto mutuo y del respeto por la propia persona. Un romántico con el corazón roto a cada paso. Un espejo para un niño riguroso y maltratado.

Eso es lo que late detrás de la tristeza: la pobreza, un padre descendiente de sicilianos, terco y desapegado, y una madre frágil que se quiebra en el episodio final. El tríptico hace equilibrio en ese eje narrativo. En el primer relato, con ayuda de Ronaldo, Gabriel desafía al padre para juntar plata destinada al regalo de cumpleaños de María, su madre, embarazada de su hermana. En el último, todas las fuerzas del mal alcanzan a la familia en el centro: la pobreza obliga al cierre del taller de bobinado de su padre, que termina aceptando la muerte en vida que significa para él un trabajo asalariado en la municipalidad de Avellaneda; la madre queda convaleciente de su autoagresión; y uno de los amigos de la aventura central, el Tumbeta, como consecuencia de su relación con delincuentes menores de la zona.

La descripción a vuelo de pájaro la hace parecer una simple novelita realista, pero omite un detalle: hay algo en la prosa de Ramos que transfigura, en este caso, la realidad. Todo ese mundo de clase media baja se ha transformado en un territorio mítico que hace pensar un poco en Los Goonies, con el arroyo que se prende fuego y al que hay que combatir con una explosión; con los caños por los que roban el vino; por la cueva del contrabandista y el cementerio, por la inundación. Apenas cargando las tintas de su ya recargado costumbrismo, Sarandí se vuelve mítico.

Y entonces aparece La ley de la ferocidad (LLDLF), que es un libro odioso, con un protagonista odioso, y del cual no soy el lector ideal, o sí: mi vida es casi un calco de la de Ramos con resultados distintos. Soy descendiente de sicilianos, y entiendo bien esa ferocidad de la que habla el libro y que en parte atribuye al origen familiar del personaje, que explica por qué no usa su apellido de origen y sí el Ramos/Reyes con el que firma sus libros el escritor real y el escritor de ficción. Ramos deforma materiales autobiográficos para contar una verdad personal que se dispara con la muerte del padre de Gabriel Reyes. La novela cuenta eso: los preparativos del velorio y el velorio de un padre odiado a los gritos y amado en secreto, del cual se recibió algo parecido: un resquemor visible y un amor oculto, siempre reservado al punto de ser imperceptible. Hacia el final de la novela eso se vuelve explícito: “en su sonrisa tan pocas veces derramada sobre nosotros (…). Tropezando siempre contra la muralla descomunal de su miedo a amar”. ¿Cómo es el hijo de un hombre que vive en la ferocidad? ¿De un padre incapaz de brindar el plafón de amor que hace falta para imaginarle a la vida una dirección, una ficción de sentido? De un tipo capaz de encontrar en el mínimo roce con un desconocido la razón para romperle la cabeza a trompadas, dejando a los hijos tirados en la calle.

Gabriel hace pensar en esa escena de Bojack Horseman (el clásico animado instantáneo de Netflix) en que su madre le dice al caballo actor: vas a tener minitas, vas a tener millones, pero estás roto y nada va a curarte. El pequeño Gabriel de EODLT se ha vuelto un empresario poderoso que se maneja con la ley del dinero como colchón entre un yo quebrado y las consecuencias de sus desmanes: paga para humillar a los demás (al pobre empleado gay de la funeraria), para anestesiar el dolor de una circunstancia que lo sobrepasa, para comprar cocaína y afecto al paso, pero nada evita su transformación en monstruo. Alan Pauls (quizás la antípoda estética de Ramos) dice en algún lugar que no puede escribir a partir de materiales autobiográficos si no se ha transformado previa (y literariamente) en un monstruo. Bueno, Ramos lo hace. En una escena de LLDLF, el personaje de Ramos le da pan con vidrios y veneno a unas palomas (está al borde de dárselo a la mujer que le alquila una pieza en un hotel cochambroso), y todo se vuelve una orgía de plumas y sangre. Se la pasa arruinando, en la medida de lo posible, el velorio: como un demonio furioso, coge con la “azafata” de la cochería, va a los tumbos comprando cocaína e internándose en prostíbulos amigos, tratando de ajustar cuentas con la figura del muerto mientras nos muestra, en segundo plano, cómo su vocación de escritor es en parte un legado paterno: vos vas a escribir la historia de la familia.

Hay que repetir que el derrotero de Gabriel lo hace odioso. A pesar de que no las sostiene, de que se desdice, está lleno de opiniones oscuras y misantrópicas que estarían pasadas de moda si creyéramos que el odio y el resentimiento pasan de moda. Escribe Ramos: “estos barrios fueron obreros pero ahora están de moda. Viven turistas, políticos, artistas, la crema de la crema. Musiquitos que vienen a estudiar desde el interior y que odian a sus padres gendarmes excepto a la hora de comprar los billetes que reciben por el alquiler de las picanas. Bailarines de tango que empezaron de grandes, gente de teatro vocacional, poetas que titulan sus libros de edición de autor como Poemario I, Poemario II, como si hubieran llegado del futuro y escribieran copiando desde los cuarenta y siete tomos de sus obras completas. Gusanos. Verdaderos ególatras que lo único que hacen de verdad son fiestas para chuparse los genitales unos a otros”. Y así. Hasta llegar a una pregunta casi lógica: “¿De dónde saco tanto odio?”.

El personaje es insoportable. Todo ese rencor no termina de ser un odio a sí mismo, oscila entre ese matiz y la autocompasión, pasando por momentos de autocelebración encubierta. Los problemas existenciales están mezclados con un poder autoafirmativo cuya manifestación parece un acto de exhibicionismo ególatra que hace empequeñecer, mientras leemos, a nuestro propio ego, al punto que no podemos coexistir con el del personaje del libro en la misma habitación. Y sin embargo, esa pelea (que también se mezcla, al menos en mi caso, con atisbos de reconocimiento y con la envidia por la libertad con la que habla Ramos, en el medio de una era de escritores que encubren lo que piensan y se disfrazan de cínicos y escriben libros que no mueven un pelo) hace que el LLDLF no pueda sernos indiferente, a pesar de que el mecanismo del flashback sea un poco torpe, de que chorree costumbrismo en sus remiseros que fueron amigos de la infancia, en sus putas que son como ángeles guarangos. Y al final, la reconciliación con la vida, con la paternidad propia y la de su padre, que siempre parecía estar pensando en los suyos de una manera silenciosa. Una tentativa de comprensión que aligera la seguidilla de golpes bajos, todos muy bien pegados, en una pelea callejera donde casi no hay reglas.

Sin embargo, En cinco minutos levántate, María (ECMLM) es una máquina construida casi exclusivamente en base a reglas. La primera: habla la madre, el personaje omitido en ese universo de colosal contienda masculina que es el libro anterior. El libro es el monólogo de la madre de Gabriel en el tiempo entre que se despierta y se levanta, siempre intuyendo que su marido yace muerto a su lado. Las otras reglas son llamar a su marido “este hombre” y el latiguillo “Será”, con el que María comienza muchos de sus párrafos, que va jalonando la narración ligeramente deshilvanada. Con respecto a los dos anteriores, ECMLM es un libro menos interesante. Las reglas con las que reconstruye la cabeza de la madre parecen impedirle a Ramos cruzar la línea de la impiedad. Esta es la misma madre que ha tomado pastillas para suicidarse, tema que está tomado de costado en el libro. El personaje que construye parece a resguardo de una imaginación de lo femenino, que incluye un necesario componente benéfico. La madre, con sus propios problemas para asumir una vida que, como todas, está marcada por el error, es el centro de amor de la familia Reyes. Ramos lo hace explícito: “si mi madre hubiera sido otra, yo estaría muerto hace rato”, le dice Gabriel por teléfono. ¿Qué puede reprocharle uno al libro, de todos modos? Es un tour de force inesperado en Ramos: parecía incapaz de ver el mundo desde fuera de su cabeza, y ha escrito desde la madre de su alter ego, construyendo una sensibilidad femenina verosímil. Algo inusual, de paso, en una literatura que en general hace de las mujeres una condensación alegórica.

los últimos pasos

El último libro publicado traza una especie de línea. Es la confesión de un autor que se saca la máscara y se asume como quien es, Pablo Ramos: un adicto con un talento para la epifanía cotidiana, para el hallazgo de gente perdida. Hasta que puedas quererte solo apela al principio formal de desplegar en crónicas los doce pasos de Narcóticos Anónimos para contar historias que oscilan entre la desesperación y la esperanza, entre la oscuridad de la adicción y la luz del amor y la bondad. De nuevo hay aluviones de golpes bajos, lugares comunes, costumbrismo a paladas y una tendencia de Ramos a explicar su ficción que desautorizaría cualquier profesor de taller literario, pero el libro funciona como todo lo suyo: como un aluvión de barro y Yo. De nuevo Ramos es poderosísimo y al mismo tiempo un mendigo, de nuevo encuentra una galería de suicidas que se vuelven encantadores: el verdadero Rolando, un alcohólico que, como los personajes de Pynchon, habla su idioma como un profesor; el extraordinario Willy, un inadaptado que se apaga como Bartleby frente al espectáculo decadente de los adaptados.

Cuando uno termina de leerlo entiende algo: a veces, contra nuestro propio cinismo, contra una educación de anestesia y formalismo y contra la inmunidad que nos fue inoculada y que nos hace vomitar frente a la grasa, cuando alguien se enfrenta a su demonio (incluso a pesar de las defensas de su propio encanto) la lectura no nos deja indiferentes.

Hace poco, un amigo escritor le reprochó a Ramos la imposibilidad de salir de sí mismo. “Su obra se agota en su vida”, dijo. Pero su obra ya llega a la decena de libros. Entonces: ¿por qué nadie parece haber leído a Pablo Ramos?

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