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un cheto para mi país
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por Julia Muriel Dominzain /

La responsabilidad social empresaria es tan fácil de criticar como decirle a la cajera “no, no quiero donar mi vuelto”. Pero detrás de la fachada de filantropía y marketing hay un universo más complejo: alguien que no tenía nada ahora tiene algo. ¿Qué es eso? ¿Una impostura que emociona al que la recibe y al que la da? Un techo para mi país es el tutorial global para fabricar un parche agujereado. Sin embargo, parece que no suma cero.

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Foto: Sebastián A. Vricella

Chetos haciendo casas de mierda. ¿Será que podemos decirlo así? Veamos: lo que construye Un techo para mi país en ocho provincias argentinas y 19 países de Latinoamérica es un rectángulo de madera de pino de tres metros por seis –apenitas más ancho que un container del puerto–, sin aislante térmico en las paredes ni en el piso, sin electricidad, sin baño, sin cocina y con un costo final de 11 mil pesos, lo que sale hoy un Fiat 147 modelo 91. En invierno hace frío, mucho frío y va a hacer calor, mucho calor, en verano. Mear, se mea afuera. Cocinar, donde se pueda. Quince palotes de 30 centímetros separan el piso del barro: viento que pasa por abajo, viento que entra a la casa. Con ustedes la primera trampa de Techo, la semántica: decir “techo” queriendo decir, remitiendo, implicando, equivaliendo a, dos puntos, vivienda, hogar, calorcito, dignidad, mate, guiso, derecho, la vida con casa propia. Como si de verdad Techo (techo) fuera una casa.

Hay, entonces, una casa presunta y una impostación –a la que da igual si llamamos "trampa semárketing 2.0", "discurso magnético" o "mantra naif"– detrás de la cual hay un caudal de chicos de entre 18 y 30 años, estudiantes de negocios en la UADE, de psicología en la upé, de ingeniería en el Salvador, todos bienintencionados y convencidos: “Buscamos eliminar la pobreza en Latinoamérica”. Eso dicen, repiten, los 600 voluntarios argentinos que se levantan los sábados a la mañana para poner el cuerpo, ir y construir en los más de 98 barrios y asentamientos de todo el territorio nacional en los que trabajan desde 2003. Son los mismos que ahora recalculan: “Sí, sabemos que construimos una vivienda de emergencia, no definitiva, pero hacemos trabajo comunitario y queremos incidir en políticas públicas y soluciones definitivas como la propiedad de la tierra y servicios”. Son los que decidieron que en Techo –ahora se llama así, cortito–, una ONG financiada por grandes multinacionales, no se hablará sobre las causas estructurales de la pobreza: “No buscamos culpables, hacemos”, sentencian. Clavar maderas y emparchar el sistema, sin preguntar por qué. Dale.

Julio, un vecino del barrio Los Quinchos de Florencio Varela que está a punto de entrar por primera vez al lugar en donde vivirá con sus cuatro hijos, su mujer y sus dos nietos, no tiene objeciones, por qué las tendría. Julio es evangelista, verborrágico, changarín y no está pensando en qué le corresponde al Estado y qué no, ni le interesa descubrir los signos ocultos de violencia simbólica o definir si esto califica como caridad, como asistencialismo, o como qué. Julio, que hasta hace segundos vivía bajo chapas inconexas, entre retazos de ladrillo unidos por algo que debía ser fe y sobre el barro directo, está llorando. Está llorando mucho y sabe que si llora apenas un poquito más, ya no podrá hablar. Entonces lo controla, porque quiere decir algo, de corazón: “Muchas gracias a la empresa y que Dios les bendiga”.

Pausa a todo. Zoom en Julio. Big bang: miles de Julios le agradecen a las empresas por tener lo más parecido que jamás han tenido al derecho constitucional a la vivienda digna. Y todo gracias a que Techo tiene la fórmula para conectar a los que no tienen ninguna con los que la tienen toda y hacerlo lucir lo suficientemente atractivo como para que, en diez años, ya hayan participado 40 mil voluntarios argentinos en la construcción de seis mil viviendas de emergencia. Una vez más, la multinacional tiene el mejor disfraz de la fiesta, cae bien parada, nos mira a todos y nos dice: ¡Charaaán! ¿Ven? Podemos hacer negocios y, a la vez, ser socialmente responsables.

El modelo de financiamiento de la organización no se limita a las colectas masivas en la calle con globos ni a los socios individuales vía tarjeta de crédito ni al redondeo de vueltos en hipermercados ni a las catas de vinos ni a los torneos de golf ni a las galas de famosos ni a las alianzas anuales con grandes compañías. Tienen, además, un producto estrella inspirado en la moda del voluntariado corporativo que es, a su vez, una expresión del oxímoron que surge a mediados del siglo XX en Estados Unidos: la filantropía empresarial. “En el plan ’Construí con tu empresa’ les pedimos plata pero también que vengan, se involucren y vean la realidad de primera mano”, explica Ana Ramírez, subdirectora de Desarrollo de Fondos de Techo en Buenos Aires. Funciona así: las compañías donan el doble del costo de la cantidad de casillas que quieran –la plata que no se usa ese día va para el financiamiento general de la ONG– y mandan empleados propios para que trabajen en la construcción. Va gente de las más variadas jerarquías y áreas porque no importa que no tengan conocimientos previos: las casillas están pensadas para que un tutorial de Youtube y un fin de semana alcancen. Ese es el combo que eligieron, por ejemplo, General Electric, Banco Santander, Chevron, Zurich, Disney, Coca Cola, Molinos, Johnson y Johnson, Arcos Dorados y el gigante de las telecomunicaciones Claro, que ha invertido en 160 casillas para diferentes zonas del país. Teniendo en cuenta solamente las diez que se acaban de armar en Florencio Varela, Claro aportó 220 mil pesos y más de cien empleados.

Por eso Julio agradece a la empresa. Porque hace 48 horas que, en un barrio del segundo cordón del conurbano que no figura en los mapas, él, su familia, cuatro jóvenes voluntarios, una chica del call center, un gerente y su hija, un administrativo contable y uno de recursos humanos se esfuerzan, almuerzan, entierran, martillan, transpiran y se emocionan a la par. Ya lloraron una vez, cuando la casilla estaba por echar raíces, cuando enterraron el quinceavo y último palote que hace de base. En ese momento hubo que escribir un deseo en un papelito, que fue leído en voz alta y arrojado a la Pachamama. Una de las voluntarias dijo: “Nada, quiero desearles que esta sea la base del futuro de la familia, nada, y que sean muy felices, nada”. Ahora que está todo listo, que cada clavo sostiene lo que se suponía, que las vigas están en perfecta cuadrícula, que la chapa ondulada del techo está recubierta de lana de vidrio y que hasta colocaron los globos de colores en la puerta, se dará comienzo al último ritual del fin de semana. Toda la cuadrilla se dispone frente a la entrada, con las remeras sucias, el pelo descontrolado y las zapatillas semi‒enterradas. Un primer plano de sus ojos ilustraría que no están pensando en que mañana es lunes y etcétera, sino que están mirando para acá. Un plano detalle de las uñas llenísimas de tierra certificaría que se puso el cuerpo. Julio y sus hijas caminan hacia la puerta incómodos con el show pero contentos con la casa recién horneada. Alguien les alcanza una tijera y Julio corta la cinta inaugural. Después se dan vuelta sin saber qué más hacer. No está el productor de Sorpresa y media para indicarles a qué cámara mirar y no suenan violines. Tampoco hay un cartel luminoso, pero la auténtica tribuna aplaude, grita, festeja, se alegra y piensa: la puta que vale la pena ayudar.

El mismo modelo que le ofrecen a las empresas es un éxito con colegios secundarios privados –un curso junta dinero y va al barrio–, con familias –donan y la levantan con sus propias manos los tíos, primos, cuñados y sobrinos de algún voluntario– y con Jeff, un estudiante de Relaciones Internacionales de Massachusetts que acaba de terminar, a pocos metros de aquí, la casa número 11 del fin de semana. Este proactivo norteamericano pagó cuatro mil dólares por la experiencia y viajó especialmente para terminar sorprendido por el “sentido de trabajo en equipo”. Cuenta Jeff que cuando llegó al terreno en el que construiría por primera vez, el vecino se le puso a hablar efusivamente, que él no supo ni cómo avisarle que no hablaba español y que “it was so funny” (fue tan divertido). También cuenta que quiere construir bife, danza y vino argentino, pero que eso será más tarde. Jeff se contactó con Techo a través de una sucursal que la organización acaba de abrir en Miami para atraer fondos de organismos internacionales y privados y trabaja en una ONG de Holy Cross, una universidad que comparte con Techo sus orígenes jesuitas. Todo tan Papa Francisco.

Acaba de terminar la segunda y última jornada de voluntariado corporativo con Claro en Florencio Varela y ¡felicitaciones!, ganaron todos. Ganaron los empleados, que están exultantes y adrenalínicos esperando a que llegue el micro que los devolverá a la capital. “Es copado saber que una compañía te apoya y te mueve a hacer una cosa así: es un orgullo ser parte y yo estoy feliz”, dice la encargada de comunicación interna de Claro. También ganaron los voluntarios de Techo como Mer, Pato y Vicky, que reconfirmaron su compromiso y ahora están sentadas a un costado debatiendo si da o no da llevar al chongo de turno a la próxima construcción. Ganó Claro: no porque “deducen impuestos” como nos encanta decir cuando Coto nos pregunta si queremos donar el vuelto sino por cómo opera la autoindulgencia del buenaccionismo y la solidaridad autocelebratoria. Ganó Claro hacia afuera, si quisiera difundir sus acciones. Pero principalmente ganó Claro hacia adentro: el sector de Recursos Humanos se relame porque “en vez de ir a un Paintball, se estimula el laburo en equipo ayudando a alguien”, explica un voluntario. Ganó Jeff, que volverá al Norte a contarle a los suyos sobre el asado, el tango y el team spirit que nos caracteriza a los argentinos. Ganaron Julio y diez familias más que tienen un lugar adónde entrar. Ganó un barrio desconocido porque alguien le dio bola. Ganó Carlos Slim, dueño de Claro y número 1 en el ranking de Forbes, porque tiene una empresa con empleados más motivados y –como dice el slogan de Techo– “vínculos fuertes como una casa”. Cambio y fuera. Hay algo pornográfico en que gane Julio y gane el tipo más rico del mundo.

La casilla no es gratis para todos y todas, sino, más bien, para nadie. El acuerdo es transparente: el que depositó voluntad, recibirá voluntad y hay tres dispositivos para medirla: quien quiera una casilla debe pagar 720 pesos, asistir a dos reuniones y participar activamente de la construcción. “Lo de la plata es simbólico, para que demuestren su compromiso y digan ’mirá, me rompí el lomo’”, comenta Victoria, por más que con 720 pesos simbólicos se comprarían cien litros de leche simbólica, o 40 kilos de arroz simbólicos, y todos quedarían simbólicamente alimentados. Lo de las reuniones es excluyente: “Si no vienen, se les desasigna”. Y lo de construir codo a codo es para alejarse del concepto de asistencialismo, al que en Techo le temen profundamente. Al pobre se le exige: “Observamos que haya intención de salir para adelante y mucha voluntad para lucharla”, describe Ana Ramírez. Techo no es para los pobres a los que les gusta ser pobres. Entonces, a los que no perdieron las esperanzas, la ONG tiene mucho desarrollo comunitario para proponerles: “Nosotros trabajamos para dejar de existir; queremos crear comunidades que no nos precisen, autónomas”, explica Victoria Moreno, veintipocos años y jefa de Comunicación Interna de Techo Argentina. Por eso, en los barrios, funcionan juegotecas para los niños, mesas de discusión con los vecinos, talleres de oficios, apoyo escolar y un programa de microcréditos inspirado en el bangladesí Muhammad Yunus. Este banquero, Nobel de la Paz y referente ineludible de la organización escribió en su libro Creando un mundo sin pobreza: “Los pobres son las personas bonsái a quienes la sociedad no les ha permitido el suelo auténtico: si les permites oportunidades reales, crecerán tan alto como todos los demás”. Yunus creó el Grameen Bank, la primera financiera que repara en que los pobres también pueden devolver dinero. Bajo esa misma lógica, Techo da microcréditos. Ahora sí, ahora sí: salir de la pobreza no depende de otra cosa que de la decisión y disposición de los individuos.

Cada fin de semana, Techo despliega entre 600 y mil jóvenes por las zonas más necesitadas de la Argentina. ¿Cuáles son? No les hace falta que se las cuenten porque ellos mismos tienen un área de “catastro” que se ocupa de buscar los asentamientos de todo el país, relevarlos y difundir los resultados. Según el informe que se va a presentar a fin de este año, trabajaron 700 voluntarios, aseguran haber abarcado el 60 por ciento del país y mejoraron su metodología: “En un país normal, el no tener título de propiedad sería suficiente, pero acá, al haber tanta informalidad en los servicios y tenencia de la tierra, fue más difícil diseñar el método”, explica Juan D´Attoli, Director Nacional de Catastro en el Centro de Investigación Social de la ONG. “En el informe de 2011 había errores: con los parámetros que usábamos, podía entrar un country como asentamiento”, comenta Moreno respecto a la información que fue tapa de la mayoría de los diarios. “Lo más importante es que sabemos dónde hay asentamientos y queremos que los municipios usen los datos para generar políticas públicas”, asegura D´Attoli. “Estamos en los barrios”, subraya.

Están. Un sábado de agosto, mientras en Los Quinchos construyen, en Virrey del Pino dan microcréditos y en Córdoba relevan, en el barrio IAPI de Quilmes alguien está tirando de la punta de un ovillo para definir quién será el próximo en recibir una casilla. Ese alguien es Mariano, tiene 24 años y sigue el procedimiento de rutina: visita a las familias, les hace una encuesta, pasa los resultados por el filtro del sentido común y escribe “prioridad dos puntos” y lo que corresponda: alta, media alta, media, media baja, baja. En esa primera operación, se va la suerte del tipo sin casa.

La casa de Esteban –un hombre de 26 años que vive con su mujer y su hija de siete– es de barro y se va deshaciendo un poco con cada lluvia. Mariano pregunta por los ingresos, pregunta por los servicios. Y anota. Mariano mide a ojo el metraje y el estado de las paredes. Y anota. Mariano consulta si algún familiar tiene una enfermedad y si hay embarazos no deseados. Y anota.

—¿Cuáles son las problemáticas que más te preocupan del barrio? Te digo las opciones: vivienda, trabajo, drogas, violencia, delincuencia, basura, embarazos no deseados, falta de escolaridad— revolea.

—Violencia, delincuencia— balbucea Esteban.

—Perfecto. Basura te la tildo, porque se las tildo a todos, viste – decide–. ¿Qué te gusta del barrio? Si es que te gusta algo, eh. Si no, pongo “nada”.

—Es tranquilo…

—¿Tranquilo? Me decís que hay violencia y delincuencia ¿pero te parece tranquilo?

Mariano es así, lógico, relajado. Como todos en esta organización, Mariano interactúa con los vecinos simulando que son sus iguales. “Yo esa casa no te la construyo porque hay un conflicto con la familia de atrás: cuando es así, evitate un quilombo”, dice Mariano, mientras pide más ketchup en su hamburguesa. La vendedora, que ya lo conoce, que ya lo ha visto por el barrio, le comenta que está sorprendida de que estén ahí ese sábado porque justo es feriado. Y Mariano responde: “¿Cómo no íbamos a venir? La pobreza extrema no conoce feriados”.

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