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la gloria del pariente perdedor
Si la historia del PJ porteño pudiera rebobinarse y luego pasarse en fast forward veríamos a un grupo de dirigentes atravesar las tórridas aguas setentistas, surfear los tiempos en que la política se alió con los negocios, juntarse con aquellos a quienes luego enfrentarían y, sin triunfar jamás en su propia casa, llegar a la cumbre del poder. La epopeya de ser peronista en la Ciudad de Buenos Aires.
Fotografía: Matías Baglietto
08 de Abril de 2020
crisis #41

 

Hay solo dos distritos en los que el Partido Justicialista nunca pudo ganar el gobierno: la provincia de Neuquén, que desde 1962 gobierna el Movimiento Popular Neuquino (MPN) y la Ciudad de Buenos Aires. Con una particularidad agregada: la hegemonía del MPN se demostró imbatible pero el justicialismo representó en variadas ocasiones una alternativa competitiva; en cambio en territorio porteño, su caudal electoral siempre osciló entre los 20 y 30 puntos porcentuales (con catástrofes y alguna que otra remontada excepcional) lo que convierte en una rara avis al peronismo porteño. Es el primo perdedor de una familia electoralmente exitosa.

Sin embargo, su impotencia electoral no lo condenó a la irrelevancia. Desde el 83, los dirigentes justicialistas porteños con distintas pieles y en los más variados espacios políticos ocuparon lugares de relevancia nacional e hicieron su camino a la primera división del poder. Desde Carlos Grosso a Chacho Álvarez, desde Daniel Scioli a Carlos Ruckauf, desde Patricia Bullrich a, sí, obviamente, Alberto Fernández. Es una anomalía: pocos votos en el territorio pero grandes chances para construir trayectorias visibles a nivel nacional. En un país hipercentralizado, jugar en la Ciudad implica ya una ventaja. Vale tanto para las fuerzas no peronistas (a las que Buenos Aires proporcionó sus últimos dos presidentes de infausta memoria) como para el peronismo porteño que el 10 de diciembre ubicó a uno de los suyos en la Casa Rosada.

La llegada a la presidencia de Alberto Fernández ratifica esa centralidad y enhebra una nueva puntada de esta historia de paradojas, rechazos y éxitos inesperados: con él tres de los siete presidentes electos desde 1983 provienen de la Ciudad Autónoma, y con él el justicialismo porteño alcanza por primera vez el máximo cargo nacional. Quizás no resulte del todo ocioso repasar estos últimos casi 40 años de peronismo en la Ciudad, adentrarse en ese paisaje opaco, cambiante, cruzado por internas solo detectables para los iniciados, esa fauna y flora que requiere una memoria prodigiosa para retener nombres, detectar afinidades y hostilidades, un campo de batalla cuyo resultado parece siempre estar cantado (perder) pero sin el cual la escena política argentina sería inexplicable.

En un país hipercentralizado, jugar en la Ciudad implica ya una ventaja. Vale tanto para las fuerzas no peronistas (a las que Buenos Aires proporcionó sus últimos dos presidentes de infausta memoria) como para el peronismo porteño que el 10 de diciembre ubicó a uno de los suyos en la Casa Rosada.

 

del sindicato a la empresa

Después del 83 el peronismo porteño, como el movimiento, entró en crisis. La victoria del alfonsinismo fue arrasadora. Nadie imaginaba una buena performance justicialista en la entonces Capital Federal, un distrito que las fuerzas no peronistas habían construido como bastión desde 1945, tanto que incluso en 1973 un joven Fernando De la Rúa conseguía derrotar al candidato de Perón, Marcelo Sánchez Sorondo. El PJ, hegemonizado por los sindicatos –con Lorenzo Miguel, capo de la UOM y vecino de Villa Lugano, a la cabeza– apenas superó los 20 puntos en las elecciones para diputados y concejales. Un peronismo que salía de la dictadura con una oferta electoral muy poco atractiva, por ser buenos, para el perfil de los porteños y más aún en el horizonte cultural alfonsinista: una vuelta de página a la tragedia argentina, un distanciamiento de lo que en el imaginario colectivo representaban los años de conflicto y muerte. Basta pensar en la distancia que personajes en blanco y negro como Norma Kennedy, Lorenzo Miguel o Rodolfo Galimberti tenían con el clima posdictatorial que el radicalismo porteño supo interpretar a la perfección: somos la vida / somos la rabia.

Esa distorsión epocal se salda en 1985 con el proceso de la Renovación peronista. Ahí cobra protagonismo un personaje central para el peronismo de la capital por los siguientes diez, quince o más años: Carlos Grosso. Chaqueño de nacimiento, licenciado en Letras (una rareza para el mundo abogadil de la política argentina), formado por los jesuitas de la Universidad de El Salvador, con un paso por el mítico JAEN (Juventud Argentina por la Emancipación Nacional) de Galimberti y los Comandos Tecnológicos (otra rareza, con nombre de sci-fi peronista), Grosso había tenido un paso fugaz por la función pública en 1975, durante la tercera, trágica y breve presidencia peronista.

En el 85, Grosso gana la conducción del partido y logra disciplinar la hegemonía sindical sobre el aparato porteño. Dos años después se convierte en diputado nacional y en figura clave de la Renovación que en esas elecciones le asesta un knock out al alfonsinismo con la victoria de Antonio Cafiero en la Provincia de Buenos Aires. Cafiero, Menem, De la Sota, Manzano, Grosso, nombres de la constelación que le devuelve vida al peronismo como opción de poder. Un cambio de piel para adaptarlo a los nuevos tiempos: adiós al poder sindical (esa “rama seca del movimiento”, diría Cafiero), adiós a la estética confrontativa que en el imaginario social de la clase media representaban personajes como Herminio Iglesias. Una búsqueda de modernización discursiva y generacional que tuvo en la debacle económica del alfonsinismo su oportunidad para proyectarse nuevamente hacia el poder.

Pero la figura del Grosso renovador del PJ Capital también incluía nexos que tenían menos que ver con las disputas internas del peronismo. En 1976, después de un breve paso por los centros de detención de la dictadura, Grosso ingresa a trabajar a Socma, el grupo empresarial de Franco Macri. “El general Harguindeguy me dijo que estaba en la ESMA e iba a ser fusilado y me ofreció sacarlo bajo mi responsabilidad. Yo firmé un papel haciéndome responsable por Grosso”, contaría años después el patriarca fundador del grupo Macri. No fue un gesto excepcional, Franco Macri albergaría a futuros políticos de relevancia en sus empresas durante esos años letales, un tipo de padrinazgo poco usual entre una burguesía argentina fanáticamente prodictatorial, y algo que con el correr de los años se revelaría provechoso también comercialmente. El actual gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti fue otro de los jóvenes peronistas que encontró refugio profesional en Socma. Como sea, Grosso hizo carrera dentro del grupo Macri, llegó a ser uno de sus principales gerentes y, según cuentan varios testigos de la época, una especie de “hijo predilecto” del viejo Macri. Más allá de los componentes shakespereanos que podrían rondar la relación de Franco con el entonces joven Mauricio y con Grosso, el vínculo entre Socma y el peronismo porteño es una de las claves subterráneas que regirán en la política porteña desde los 80 hasta hoy.

Estamos todavía en la época preautonomía, en la que los intendentes eran nombrados por el presidente y a las fuerzas políticas les quedaba la pelea por los lugares en el Concejo Deliberante, jugosa y opaca caja. Grosso construyó “el Sistema” y logró imponer cierto orden en la fragmentación congénita del peronismo porteño. El magma de agrupaciones peronistas que iban desde la derecha a la izquierda pasando por la sólida roca del sindicalismo municipal (tal vez los inoxidables Genta y Datarmini sean lo único inalterable en esta ciudad) se organizó en torno a la conducción de Grosso, en el contexto de un PJ que se encaminaba a recuperar el poder nacional. En ese “Sistema” hegemonizado por la agrupación Victoria Peronista aparecen Eduardo Vaca, Miguel Ángel Toma, Eduardo Rollano, y unos más jóvenes Jorge Argüello, Alberto Iribarne, Eduardo Valdés. Estos últimos forman hoy, treinta años después, el núcleo más íntimo del “albertismo”, forjado a medias entre la facultad de Derecho de la UBA y los pasillos de la política municipal peronista ochentista.

Alberto Fernández no aparece en la primera línea, ni siquiera en un segundo plano: por entonces es un joven funcionario (aunque peronista) del área de legales del Ministerio de Economía del agonizante Juan Vital Sourrouille, también asesora a De la Sota en la Cámara de Diputados y participa en el esfuerzo intelectual de la Renovación a favor de la precandidatura de Cafiero. De esa prehistoria todavía se puede consultar un incunable: Cafiero – De la Sota. La renovación fundacional, un libro de campaña firmado por José Pablo Feinmann y Chacho Álvarez con entrevistas a los candidatos hechas por Mona Moncalvillo y Alberto Fernández. Para agregar todavía más nombres a ese caleidoscopio peronista porteño, el libro era editado por el inclasificable Eduardo Varela Cid.

Más allá de los componentes shakespereanos que podrían rondar la relación de Franco con el entonces joven Mauricio y con Grosso, el vínculo entre Socma y el peronismo porteño es una de las claves subterráneas que regirán en la política porteña desde los 80 hasta hoy.

 

el peronismo de puerto madero

En 1989 Carlos Menem llega a la presidencia y designa como intendente a Grosso. El jefe indiscutido del distrito domó a las tribus del peronismo porteño y tiene un perfil bien renovador, es decir, lo más lejano dentro de lo posible al estereotipo peronista que la opinión pública porteña puede concebir. Joven, modernizante, profesional, dialoguista. La vuelta carnero de Menem hacia un programa neoliberal encuentra en Grosso un ejecutor metropolitano perfecto. Si todo sucede primero en Buenos Aires esta no fue la excepción. En su breve intendencia de tres años los terrenos del abandonado puerto de la ciudad se convierten en la principal pieza de desarrollo inmobiliario del país. Puerto Madero como metonimia del proyecto económico del menemismo, un rostro de ladrillos reciclados que grita en el borde más visible de la ciudad la pretensión de querer pertenecer, por fin, al primer mundo. Otras iniciativas son menos simpáticas, aún para la opinión pública porteña siempre oscilante entre la aspiración cosmopolita y el moralismo: el caso emblemático de la escuela-shopping en el Once o las variadas y generosas concesiones aprobadas de madrugada en sesiones frenéticas del Concejo Deliberante. Por ejemplo, la extensión del contrato a esa empresa del grupo Macri encargada de recolectar la basura de los porteños que ostentaba el risueño nombre de Mantenga Limpia a Buenos Aires (Manliba). La política de una ciudad siempre es la política de sus contratos. Precisamente en ese lugar, como subsecretario de Mantenimiento y Servicios, estaba un personaje que pronto reaparecería: Juan Pablo Schiavi, jefe de campaña de Mauricio Macri en sus primeros tiempos, ministro de Jorge Telerman y finalmente secretario de Transporte con Julio De Vido hasta la tragedia de Once.

Grosso renuncia, o es renunciado, en 1992. Una leyenda de palacio dice que no fue tanto el peso de esos escándalos como la confesión de su ambición de ir por la candidatura presidencial lo que determinó a Menem a reemplazarlo por el oscuro Saúl Bouer. De todas maneras el panorama en el peronismo porteño había experimentado un cambio notable. Por izquierda las agrupaciones que había sabido contener Grosso ya no formaban parte del partido. Chacho Álvarez, que había entrado como diputado nacional en la lista de unidad pergeñada por el grossismo en 1989, se había abierto del menemismo y formado un nuevo experimento político capitalino, el Frente Grande. Mientras tanto, el gobierno nacional había puesto un pie en el distrito. Adiós a los sueños de autonomía del peronismo porteño. Dirigentes como Carlos Corach, Alberto Kohan o Luis Barrionuevo ahora imponían condiciones. Después de todo, razonaba el menemismo (en su clímax), la ciudad todavía era la Capital Federal y la Casa Rosada nombraba a los intendentes y definía su presupuesto. Como muestra brutal de este estado de cosas la elección legislativa de 1993 pareció cerrar cualquier discusión: Erman González, riojano, exministro de Economía, encabezó la lista del PJ porteño y salió primero. La etapa del peronismo grossista se había cerrado aunque ese éxito momentáneo del menemismo no auguraba buena fortuna para el peronismo porteño. Más bien todo lo contrario.

 

fin de fiesta menemista

A partir de ahí se abre una etapa de fragmentación que duraría casi veinte años. De un lado se consolida el éxodo hacia el Frente Grande, luego Frepaso, con una articulación de agrupaciones y dirigentes peronistas sueltos que hacen del proyecto menemista su blanco principal y mixturan algo que después será sutura hegemónica: el encuentro entre progresismo y peronismo. Por otra parte aparecen sectores huérfanos que se agrupan alrededor de un disidente menemista, Gustavo Béliz, exministro del Interior y su partido Nueva Dirigencia. El PJ orgánico se mantiene bajo el paraguas de Carlos Saúl pero cada vez más tensionado por las internas.

Hasta que en 1994 el Pacto de Olivos abre el horizonte de la “provincialización” de la Ciudad y, por lo tanto, de la creación de toda una nueva estructura política (y de cargos) que cambiaría para siempre la lógica de la disputa por el territorio. Si uno de los acuerdos fundacionales de la organización nacional a fines del siglo XIX fue la esterilización de Buenos Aires (ciudad) como foco político dominante, la nueva constitución acordada por Menem y Alfonsín repondría ese problema.

El PJ oficial no mostró ningún reflejo ante esa nueva realidad. La sucesión de elecciones de 1994 (para la Convención Constituyente), 1995 y 1996 (las primeras para Jefe de Gobierno) vieron a un PJ disminuido y dominado por el menemismo con resultados magros que lo relegaron siempre al tercer lugar detrás del Frepaso y la UCR. En las elecciones que encumbraron a De la Rúa como primer jefe de Gobierno, el PJ apenas cosechó un 18% de los votos con la candidatura del último intendente designado por Menem, Jorge Domínguez. El reflujo antimenemista que un año después se plasmaría en la formación de la Alianza entre el Frepaso y la UCR y más tarde con la llegada de De la Rúa a la presidencia había comenzado y la nueva Ciudad Autónoma era la cabecera de ese movimiento.

Esos años del final de fiesta menemista, aparición del duhaldismo y ascenso del Frepaso son de extrema desorientación para las diversas fracciones del peronismo porteño. Una multitud de sellos, kioskos, agrupaciones son centrifugados en una crisis de representación e identidad pocas veces vista. Dirigentes históricos que habían pertenecido al viejo “sistema” huyen por su supervivencia hacia diversos refugios. Ruckauf, hombre de Caballito, cruza la General Paz y se convierte en gobernador de la Provincia de Buenos Aires en 1999; Patricia Bullrich, Argüello y Víctor Santa María recalan en el armado de Béliz; aparecen figuras cien por ciento menemistas como Daniel Scioli; mientras los dirigentes más críticos del neoliberalismo se afianzan en torno al liderazgo de Chacho Álvarez. Pero también en ese tiempo confuso se incubaban indicios de lo nuevo que sobrevendría unos años después a nivel nacional y local.

 

la pingüinera

En 1998, en medio de las brutales, tensiones entre Menem y Duhalde por la sucesión presidencial, un grupo de dirigentes, muchos de ellos porteños, se empiezan a encolumnar detrás de la candidatura del gobernador de Buenos Aires. O más bien, detrás del único gobernador del interior que se definía explícitamente contra Menem y a favor de Duhalde: Néstor Kirchner. El mas fascinado con los pingüinos se llamaba Alberto Fernández, vía un contacto efectuado por un amigo en común, Eduardo Valdés. Alberto era entonces directivo del grupo Banco Provincia, después de saltar la General Paz tras su experiencia en la Superintendencia de Seguros nacional bajo la órbita de Cavallo en el primer menemismo. Ya todo eso se había desmadrado: el principal cuadro neoliberal de la argentina, Domingo Cavallo, había cortado escandalosamente con Menem en el 96 y el modelo económico había entrado en la larga fase recesiva que terminaría con el colapso de 2001.

La alternativa duhaldista necesitaba recuperar figuras y voces que plantearan un recambio de la versión neoliberal del peronismo menemista. El Grupo Calafate juntó a un grupo de dirigentes que se habían mantenido afuera del menemismo o por lo menos en posiciones periféricas. Además de Kirchner, Cristina y Alberto, se incorporaron Carlos Tomada, Mario Cámpora, Aníbal Fernández, Carlos Kunkel, Esteban Righi, Julio Bárbaro, y los más cercanos al propio Alberto como Valdés, Argüello, Alberto Iribarne o Julio Vitobello. Mucho porteño sin espacio en el PJ oficial junto a santacruceños y bonaerenses duhaldistas. El Grupo Calafate tuvo un encuentro en Tanti, Córdoba, a pocas semanas de las elecciones que perdería Duhalde. Eran indisimulables las diferencias entre Duhalde y Kirchner, quien le reprochaba el espacio que habían obtenido figuras como Ruckauf o Palito Ortega. “Si no nos animamos vamos a seguir siendo el ala progresista de los conservadores. Llegó la hora de ponernos a trabajar por nosotros”, cuenta el propio Alberto que le dijo Kirchner en un momento de furia ante lo que veía como el naufragio anunciado de la campaña presidencial.

En las siguientes elecciones porteñas, en el año 2000, ya con el nuevo gobierno de la Alianza, el PJ oficial todavía conducido por Corach y la vieja guardia menemista hace su peor elección histórica: el candidato era Granillo Ocampo, ministro de Justicia de Menem, riojano. La cosecha del PJ oficial fue de 1,7%, por debajo del Partido Humanista. Esas elecciones, que ganó Aníbal Ibarra por la Alianza, tuvieron como principal competidor a la lista que Cavallo y Béliz habían armado con buena parte de los dirigentes y punteros del peronismo porteño que no tenían lugar en el PJ oficial. En esa boleta el hoy Presidente compite por primera vez por un cargo electivo, a legislador junto a varios otros integrantes de lo que hoy, a la vuelta de los años, se va conociendo como el albertismo puro: Argüello, Vitobello, Guillermo Olivieri. Otros integrantes actuales de ese círculo, como Eduardo Valdés y un por entonces novato Juan Manuel Olmos, participan en aquella elección de otra lista peronista, la que encabezaba Irma Roy. La idea era ganar volumen legislativo sumándose al arrastre que Cavallo todavía mantenía entre el electorado porteño. Un año después, con el desembarco de Cavallo en el moribundo gobierno de De la Rúa, Alberto y otros legisladores armarían un bloque propio. La dispersión era completa y del proyecto de un peronismo porteño unido, que Grosso había pretendido alcanzar diez años antes, no quedaba nada.

La crisis de 2001 tuvo un efecto darwinista en la política chica de la Ciudad. No solo terminó de la peor manera con De la Rúa y el radicalismo porteño, también arrasó a su paso con Cavallo y Chacho Álvarez. Hasta la propia figura espectral de Carlos Grosso tuvo en 24 horas un viaje del cielo al infierno cuando reapareció en público como asesor del efímero Adolfo Rodríguez Saá y lanzó ante los periodistas de la Casa Rosada un recordado “me convocaron por mi talento y no por mi prontuario”. De pronto todas las figuras centrales de la política porteña habían sido barridas para siempre por el crash socioeconómico.

“Si no nos animamos vamos a seguir siendo el ala progresista de los conservadores. Llegó la hora de ponernos a trabajar por nosotros”, cuentan que le dijo Kirchner a Alberto en un momento de furia ante lo que veía como el naufragio anunciado de la campaña presidencial.

 

macri es la cultura

En el contexto de la crisis y con la llegada por vía legislativa del exgobernador bonaerense a la presidencia interina, el nucleamiento en torno a Kirchner, siempre con la coordinación de Alberto, se reactivó con la mira puesta en una eventual candidatura presidencial. Como se sabe, Kirchner resultó la tercera opción elegida por Duhalde para representar a una de las fracciones del peronismo en las elecciones de 2003. El mix de santacruceños y porteños incorporó para la campaña a otro hombre de la capital, Daniel Scioli, que cambió su ambición por la jefatura de Gobierno para convertirse en compañero de fórmula del pingüino. La llegada al gobierno nacional de Kirchner, Scioli y Alberto Fernández en 2003 paradójicamente dejó sin candidatos competitivos al peronismo porteño. En las elecciones locales de ese año el nuevo gobierno prefirió apoyar la reelección de Aníbal Ibarra. Pero a pesar de la victoria del progresismo, 2003 marca un giro definitorio para el peronismo porteño y el inicio de un ciclo todavía abierto.

Es en ese año que compite por primera vez Mauricio Macri y se articula lo que después sería el PRO. Con un branding similar al que había cultivado Scioli, un neomenemismo de alto perfil, ligado a los negocios, el mundo deportivo y del espectáculo, desprendido hasta la exasperación de cualquier marca que pudiera emparentarse con la ideología y la política profesional, Macri organizó un espacio político que no solo incluía los viejos sellos liberales y derechistas que siempre habían existido en la Ciudad, sino que se nutría de buena parte de la estructura peronista mas conservadora que había quedado huérfana y no tenía lugar en el gobierno de Ibarra. Dirigentes y punteros territoriales formados por el grossismo como Christian Ritondo o Diego Santilli, o cuadros técnicos bien relacionados con el establishment noventista como Horacio Rodríguez Larreta, rápidamente se encolumnaron detrás de Macri.

Fue también el cierre de un círculo iniciado en los años setenta para el propio Grosso que ahora retornaba como asesor en las sombras del entonces presidente de Boca. La línea de continuidad entre Socma y los negocios de los noventa se plasmaba en un nuevo experimento que invertía el esquema que gobernó la ciudad entre 1989 y 1992: ahora era Macri quien estaba al frente y Grosso el que operaba tras bambalinas. Cuatro años después de esa elección, Macri ganaría la Jefatura de Gobierno con una alianza de liberales, empresarios y peronistas porteños capaz de maquillar esa opacidad bajo un manto muy bien diseñado de modernidad y antipolítica.

Del otro lado, el peronismo que no se integró al PRO iniciaría un largo peregrinaje por el desierto de la Ciudad, con diversas alquimias fallidas que intentaron articular al progresismo no peronista con el sindicalismo de la Ciudad y con los nuevos sectores juveniles (o no tanto) que surgieron referenciados en torno al kirchnerismo. Con la presidencia del partido en manos de Alberto Fernández entre 2005 y 2009, y después comandado por el tándem Juan Manuel Olmos y Víctor Santa María, partido en varios bloques legislativos que supieron negociar leyes y cargos con el macrismo, el sello del PJ porteño nunca representó una amenaza electoral seria para el PRO.

En 2018, Alberto regresó al kirchnerismo después de diez años de alejamiento. También fue su regreso a la política local y el comienzo de la articulación de la unidad de los diferentes espacios del peronismo porteño. En los meses que antecedieron a su propia y sorpresiva nominación como candidato a presidente, Alberto participó en el armado de un frente que incorporó a los segmentos peronistas históricamente distanciados y a dirigentes del espectro progresista que hasta entonces habían competido con otros sellos. El resultado de la elecciones volvió a mostrar la fortaleza del macrismo en la Ciudad aún en medio de una crisis que se llevó puesto a su fundador. Ahora, por primera vez con un peronista porteño en la presidencia, ese extraño pariente perdedor de la familia justicialista quizás comience una nueva etapa. O no.

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