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yo era una chica rebelde
Pola Oloixarac es una de las defensoras intelectuales de un macrismo que se obstina en no perder sus credenciales punk a través de un antiperonismo que perdió punch. Tres paradojas de una escritora demasiado moderna para ser rebelde y demasiado conservadora para ser políticamente incorrecta.
Ilustraciones: Ezequiel García
31 de Mayo de 2019

Cuando los pocos escritores e intelectuales que apoyaron al gobierno de Mauricio Macri se llaman a silencio o intentan una no siempre elegante finta que combina comentarios sobre series de televisión con su vida privada, Pola Oloixarac dobla la apuesta. A través de sus columnas en el diario Perfil y desde una resucitada cuenta de Twitter, la escritora busca generar conversación y diseñarse como un faro de feminismo disidente e incorrección política. Pero la correspondencia ideológica de este movimiento es un macrismo obstinado y camorrero que, desde el poder, intenta hacer “oposición de la oposición”.

 

Paradoja uno: la incapacidad de leer las complejidades del progresismo cuando se habla desde una supuesta “complejidad”

“Son la nueva inquisición”, “La lucha por cuestiones económicas está primero”, “El mal, el deseo y las relaciones humanas tienen una gramática oscura y la ausencia de dominación es imposible”. Sería difícil no estar de acuerdo con algunos de los postulados que sostienen aquellos que impugnan al progresismo y a la “dictadura” de la corrección política. Se trata, en última instancia, de reclamos por introducir cierta complejidad a la hora de analizar hechos sociales y culturales que muchas zonas de las militancias –en especial sus manifestaciones más inorgánicas y digitales– pasan por arriba en el fragor de la “conversación pública de masas”. Uno podría incluso conceder que en ciertos clusters de afinidad y gusto, en ciertas instituciones y en ciertos circuitos urbanos, asistimos durante los últimos tiempos a la conformación de un sentido común simplificador y que ciertas libertades individuales crujen ante cierta fiebre jacobina. Claro que no menos que otras libertades que son pisoteadas por corporaciones como Google o Facebook, pero estos nuevos monopolios no parecen preocupar en nada a Oloixarac.

El problema llega cuando estas impugnaciones a lo políticamente correcto se disfrazan de defensoras de la complejidad pero no pueden hacerse cargo de la complejidad de sus antagonistas. En el caso de Oloixarac, este gesto primordial se apoya en la traslación automática de cierto clima de la academia norteamericana al plano argentino. ¿Tiene Pola al menos un panorama del pantanoso y contradictorio mapa de los progresismos y de las izquierdas en la Argentina? ¿En Buenos Aires? A juzgar por sus columnas, parecería que no. Esto es atendible si pensamos que se trata de un medio que pretende tener una circulación masiva y que Pola no reside en el país, pero es un acto de pereza intelectual para una escritora cuyo proyecto estético apuntó a la fineza para escuchar los idiolectos y etnografiar las prácticas de ciertas formaciones sociales. Si existía algún acierto en Las teorías salvajes, su primera novela, era una mirada “femenina” sobre el ecosistema de la Facultad de Filosofía y Letras y ciertos yeites setentistas, como si Silvina Ocampo hubiera nacido en Pedro Goyena y Puan.

El problema llega cuando estas impugnaciones a lo políticamente correcto se disfrazan de defensoras de la complejidad pero no pueden hacerse cargo de la complejidad de sus antagonistas.

El problema que plantean miradas como las de Oloixarac consiste en pedir grises pero mostrarse incapaz de admitirlos en sus propias perspectivas. Llena de prejuicios, la escritora termina replicando las dudosas conjunciones de figuras como Jordan B. Peterson, quien acuñó el título de “neomarxismo posmoderno” para agrupar a los progresismos norteamericanos, los movimientos de minorías y las posturas más o menos de izquierdas. Al igual que Oloixarac, la justificación de Peterson es que se trata de idearios unidos por el convencimiento de la existencia de “oprimidos” que, por el solo hecho de serlo, son imbuidos por un halo de bondad incuestionada. Pero en el ámbito vernáculo, cuando se afina el oído para captar los tonos de esas discusiones, se abre la certeza de que para determinar los verdaderos referentes del “progresismo” o la “izquierda”, hay que aplicar una lectura cercana.

En la falta de esa “mirada estrábica” que solicitaba Esteban Echeverría para pensar las cuestiones nacionales, planteos como los de Oloixarac olvidan otras críticas al progresismo. En Argentina, las progresistas son identidades fuertemente asociadas a las capas medias de las ciudades que, a partir de la recuperación democrática, han llevado a cabo una reevaluación de la historia reciente y una autocrítica de las ideas y las prácticas de la izquierda. Los valores que a veces se asocian a estos sujetos y sus fuerzas políticas se vinculan con el progreso social, con la importancia de lo laico y cierta relevancia de la honestidad. Pero sabemos que últimamente el epíteto de “progresismo” no se arroja solamente a estos sectores cercanos a la socialdemocracia criolla. “Progre” sería, para otros discursos, todo aquel que sostienen ideas evaluadas por su tenor moral del “lado del bien”. Ciertas críticas de sectores de las izquierdas (trotskistas y la izquierda nacional, principalmente) apuntan al carácter cosmético, hipócrita o “clasemediero” de dichas representaciones, que no permitirían plantear discusiones profundas o modificar la verdadera estructura de lo social. Respecto al último punto, lo sabemos, se cuelan impugnaciones a movimientos tales como el feminismo o las disidencias sexuales, en una suerte de crítica “universalista” que señalaría lo verdaderamente relevante y fundamental en la arena económica.

El punto inicial de los “ataques” de Oloixarac en sus columnas es el feminismo, ante el que con una prosa que por momentos se encuentra por encima de varios textos periodísticos similares y algunos señalamientos acaso atendibles, despliega sus máximas en tren Alan Sokal de las izquierdas mediante acusaciones de “repetir esquemas del patriarcado”. En tono de perspicacia sin fisuras afirma cosas como: “La esclavitud fue el primer big business en EE.UU.; el progresismo puritano es su última exportación global. Que las mujeres blancas y los negros son víctimas de un sistema manejado por El Hombre Blanco es central en la teoría feminista, pero ¿qué queda de la teoría cuando la propia historia chirría o aúlla desfigurada de dolor?”.

Según la arquitectura de este razonamiento, la “propia historia” que arruina las imposturas progresistas sería la evidencia de que no hubo en el pasado tal solidaridad entre minorías. Y entonces surgen las preguntas. ¿La escritora elige ignorar el hecho de que esas articulaciones teóricas muchas veces son apuestas políticas por crear un sujeto? ¿O lo desconoce? ¿Está Oloixarac preparada para las discusiones que propone o fue devorada por el temor a no figurar? Que en un país donde germinó un proyecto literario y activista como el de Néstor Perlongher Pola visualice los vínculos entre los dominados como un invento del “progresismo puritano” es estrafalario.

Pero más allá de sus zigzagueantes columnas, las invectivas más delirantes se concentran en su reseña del flamante libro La traición progresista, de Alejo Schapire. Allí Oloixarac define a la izquierda contemporánea como “madre monstruo”, una suerte de Frankenstein que sutura la “izquierda tradicional” con el “puritanismo progresista yanqui”. Para esta madre ideológica “ser víctima es una forma de meritocracia” y “los indeseables, los perversos, o los que no puedan probar su inocencia, deben ser excluidos”. Hay, sin embargo, un detalle: mientras que en los Estados Unidos esta operación era puesta a funcionar en contra del neoliberalismo, Pola la pone en su favor. Y en esta operación en contra de la cultura de la víctima, ella, la escritora antes maldita y hoy macrista, se pone exactamente en ese lugar. Pola no ceja en su empeño por la denuncia y proclama: “La nueva Iglesia es la izquierda, y el hereje es quien ose criticarla”. De este modo da lugar a la paradoja del hereje: se queja de las exclusiones de discursos asfixiantes a la vez que su constitución depende de ellos.

El punto inicial de los “ataques” de Oloixarac es el feminismo, mediante acusaciones de “repetir esquemas del patriarcado”.

 

Paradoja dos: por un efecto de historicidad acelerada, en los espacios de producción artística no se puede ser neoliberal y al mismo tiempo “políticamente incorrecto”

La escritora sorprendió al mundillo literario con Las teorías salvajes, una novela amena y por momentos virtuosos que anticipó elementos de la fibra emocional del macrismo canchero de redes sociales de 2015: ironías sobre las instituciones educativas, darwinismo social disfrazado de irreverencia, comentarios superficiales sobre el setentismo y apología de las tribus urbanas leídas en clave del único conflicto social legítimo en un país donde “las inversiones” no tardarían en llegar como precuela de la pobreza cero que prometió, tal como lo llama Pola con una venenosa pizca de admiración, el “Presidente Mau”. Sin embargo, el combo entre teorías filosóficas y referencias occidentales de anclaje pop rehogadas en etnografía urbana fue suficiente para que talibanes macristas de hoy como Santiago Llach y tótems progresistas de siempre como Alan Pauls confluyeran en un caluroso aplauso. Y estuvo bien.

Luego de un largo silencio en el que Pola se dedicó a exprimir el venturoso éxito de Las teorías salvajes participando de cuanto encuentrillo internacional de escritores se le cruzara por el camino, llegó Las constelaciones oscuras. Superado el primer impacto, la expectativa era grande: Oloixarac había pasado de la editorial Entropía a Random House. Y cuando, tras ver sus fotos desde San Francisco, muchos esperábamos una gran novela que abordase la ideología machista de Silicon Valley, la escritora repitió la fórmula pero en clave conservadora: Las constelaciones oscuras era como Las teorías salvajes pero sin pathos ni novedad. Una buena novela, por supuesto, otra vez la etnografía (más pálida), las teorías (menos salvajes), una idea genial sobre el sistema del olfato y la inteligencia artificial con ciertas hilachas de investigación sobre el devenir de la industria aeronáutica, pero ensambladas sin ganas, como si la novela hubiera sido escrita para cumplir.

Mona, su última novela, repite la fórmula pero le suma un poco más de química y de pornosoft con un acierto fundamental: el estudio es ahora sobre el hábitat –el verdadero y a la vez el aspiracional– de la propia escritora, que no es otro que los congresos de literatos donde la filantropía se cruza con las buenas intenciones y la alta cultura convive con la dominación del minúsculo mercado del libro. Es así que las teorías de peluche van dejando lugar a la construcción de una plataforma de incómodas controversias que cartografían la agenda del “World Progresism” (que Pola sí conoce), gracias a la construcción de una corte de escritores –mercaderes un poco adorables y otro poco lamentables– que, a diferencia del filósofo oficial Alejandro Rozitchner, o de su hermeneuta burocrático Hernán Iglesias Illa, no se resignan a tener una mirada acrítica sobre aquello que los rodea. Mona es un largo y esmerado artículo para una revista Para Tí de escritores con un final “sorprendente” y no está mal.

El problema es que la graciosa inteligencia para diseccionar un territorio que funciona en Mona se rompe cuando intenta referirse a feminismos o progresismos en Argentina. ¿Pero se convierte realmente esta debilidad en fortaleza? ¿O hay algo más profundo, algo vinculado a una ideología que en Oloixarac se hace carne y práctica, declamación y escritura? Michel Houellebecq es un escritor de derechas. Pero Houellebecq llega a la derecha arraigado en su firme, sincero y existencial creencia en el antiprogreso. El francés condena la modernidad, casi un heideggeriano aunque coquetee con un nihilismo científico; el problema del neoliberalismo de Pola Oloixarac es que, tanto en literatura como en cualquier mundo del arte, la historia no aconteció en vano.

Cuando en los años noventa Jeff Koons escandalizó con su lectura ambivalente del pop y de la opulencia de la cultura financiera, el gesto era original e irreverente. Hoy Koons se dedica a la decoración de edificios. Quizás en algún momento del siglo XX, o incluso del XXI, hablar en contra de “las izquierdas” era revulsivo. Quizás en algún momento defender la autonomía del campo literario y creer que la provocación estética se define únicamente en el plano de la estética haya sido productivo. Quizás en Francia la izquierda tenga un peso institucional muy relevante y un sistema de intelectuales bien remunerados y conservadores, y escandalizarlos signifique algo. ¿Pero eso es lo que ocurre hoy, cuando las migajas de la esfera pública son manipuladas por las plataformas de extracción de datos, cuando la fusión entre proveedores de tecnología y de contenidos les otorga un poder nunca antes logrado, cuando el lenguaje es propiedad de Google y el fin de la intimidad muestra su contracara en la compulsión al autodiseño?

La construcción del escritor maldito, en este contexto, necesita otras coordenadas. Puede ser de derecha, por supuesto, puede ser de izquierda, incluso puede ser de centro. ¿Pero puede ser neoliberal? ¿Maldito y macrista? ¿No será mucho teniendo en cuenta la historia de América Latina? ¿Y no desangra esta contradicción a las novelas de Pola Oloixarac? La falta de formación política y el fanatismo pueden resultar productivos si un escritor es un reaccionario antimoderno, si es un liberal frívolo, si es un panelista televisivo vocacional, pero resultan grotescas cuando el escritor es un celebrador modernista del neoliberalismo que se cree un izquierdista posmoderno. Esta confusión origina la cuadratura del círculo de Oloixarac.

A diferencia de sus precursores en el antiprogresismo, Oloixarac está en el lugar adecuado. Offshore pero en la zona del macrismo, como los organismos de crédito que pretenden digitar la política argentina.

 

Paradoja tres: el macrismo es un movimiento antiintelectual 

Pola ama la libertad. ¿Pero la libertad ama a Pola? En una de sus columnas afirma: “Ahora que, como decía Fukuyama, la Historia ha terminado y solo existen el mercado y la competencia por lo mismo, por likes y audiencias, esa cultura triunfal busca generar un sistema saturado de su mismidad para rehacer la Historia a su imagen y semejanza. Orwell: ‘Los intelectuales son más totalitarios que la gente común. No tienen reparos en abrazar formas dictatoriales, policías secretas, la falsificación sistemática de la historia, siempre y cuando esté de su lado’”.

Orwell y Fukuyama. El hombre que desnudó el rostro del totalitarismo y el hombre que celebró al mercado global como razón histórica, ¿decían lo mismo? ¿Y se pueden conjugar sin que la discusión por la libertad se torne banal? Son preguntas tan inquietantes como los motivos de este amanecer de Pola como la última intelectual de una doctrina oficial que nunca aspiró a más que una curiosa combinación de Friedrich Von Hayek, Ayn Rand y Sri Sri Ravi Shankar bajo la coreografía de Federico Andahazi. ¿Pola disidente? ¿La Columna Milton Friedman de un batallón que llegó cuando la guerra estaba perdida? ¿O un heroico canto de cisne por la modernización que jamás tuvimos? ¿Considera Pola honestamente que los “intelectuales” de izquierdas son los que “rehacen la Historia” y no las corporaciones de medios, las grandes empresas o los gobiernos con demasiada inclinación al laissez-faire?

A diferencia de sus precursores en el antiprogresismo, Oloixarac está en el lugar adecuado. Offshore pero en la zona del macrismo, como los organismos de crédito que pretenden digitar la política argentina. Esto no evita que en un país gobernado por Mauricio Macri, Elisa Carrió y Patricia Bullrich el desatino ético, estético y político de sus enunciados sea letal. Pola tuvo sus precursores, pero es en realidad producto de la arquitectura de la esfera pública que sueña Jaime Durán Barba. Sus frases pululan en la esfera semántica de la aceptación de todas las voces y la desideologización como llave para acceder al bienestar común, mientras se reprimen manifestaciones, se encarcelan militantes sociales y se obtura cualquier discusión con los comodines de la dichosa “grieta”.

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