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bob chow y las antenas
La editorial Nudista publicó “El momento de debilidad”, primera novela del misterioso multiartista Bob Chow. Su protagonista vive a bordo de aviones que lo llevan a los confines devastados de la modernidad. Con algo de Carlos Busqued, el realismo extraterrestre de Chow propone, entre otras cosas, cómo fabricar Coca Cola.
Ilustraciones: Un Faulduo
10 de Septiembre de 2015
Ilustración: Un Faulduo

Bob Sabbath pierde a su hermosa mujer a manos de un director de cine llamado Damocles, que la convoca para una película experimental y delirante. Bob está enamorado de su mujer, Damocles se la roba, y la traición es doble. Bob quiere recuperar a su mujer y falla. Hasta acá, parecería que hablamos de otra novela de realismo soso en clave teleteatro. Pero eso, la trama, la época, la subcultura urbana, es lo menos importante. Lo importante son los viajes que emprende Sabbath, viajes a los confines de la civilización. Viajes que se narran con el ritmo de una prosa extrañada, de una neutralidad oscura y alienígena. Chow no padece la pereza narrativa ni el culto a la espontaneidad como garantía carismática que con ladrillos de aire construye el imperio de los perezosos sutiles. Chow no reniega de la lengua local, pero también escribe, de a momentos, como si fuera el ventrílocuo de una traducción de las novelas policiales de James Hadley Chase. Por eso “El momento de debilidad” es algo nuevo en la literatura argentina. En base a algunas desprolijidades, parece ser obra de otro Salieri más de César Aira, pero no. La novela de Chow habla de un cambio de eje, una transición donde el realismo estalla ante la fuerza de la devastación. Ni decadencia ni descomposición, dos formas que adquiere la nostalgia de la modernidad vinculada al progresismo, sino más bien centelleos religiosos de lo antimoderno, vinculado al boicot y la defección. ¿Qué hay de real en unas ruinas del futuro? Esta pregunta ambivalente desde su formulación es el cincel que tornea la prosa de Bob Chow. Una ambivalencia vital: Chow no es delirante pero siempre está al borde, no es un drogadicto perdido pero también está en el borde, dice que no hace nada pero hace mucho, propone una literatura donde lo más importante son las preguntas pero narra una historia que mantiene una relación constante y simétrica con el verosímil que construye, y en su forma puede leerse un proyecto literario, o el inicio de un proyecto. La potencia de Chow radica en ese “casi”, en ese “pero”. Chow es y se hace, y cuando es asume que se hace, y cuando se hace, bueno, quizás tomó un poco de ácido fórmico.

 

Waka Waka

África es la representación territorial donde se cimienta la estética de Chow. África: el patio de atrás de occidente y también de oriente, el lugar donde todas las pesadillas de la modernidad conviven en forma silenciosa y amenazante. Como Kublai Kahn en Las Ciudades Invisibles de Calvino, África es el territorio que Bob Chow elige para cercar a su propia imaginación. Thaití también pero parece África, no es muy diferente, o África parece Tahití. Lo importante es que estos lugares sirven para que Chow haga territorio eso que todos sentimos buena parte del tiempo, y no hablo ya de malestar, sino de una descomposición de la cultura que porta rebrotes de lo arcaico. Música hecha por animales que aprendieron a usar sintetizadores. Leer a Chow es un poco como procastinar por Internet: todo es ágil, hay peñascos de genialidad en frases o ideas, y la sensación de morbo, sorpresa, placer y desertificación es permanente. Pero Chow es al mismo tiempo mejor que estar en Internet: no hay un concierto de egos que mendigan un poco de atención, sino una estética de la incomunicación. En la novela de Chow nadie se comunica: la frontera entre droga y realidad está agujereada. La memoria está digitalizada, pero eso no la hace inmortal: la hace berreta.

 

Los aviones

Los confines son los protagonistas de la novela de Bob Chow. No hay exotismo ni regodeo en las ruinas, y esa manera de construir el territorio es una de las principales virtudes que tiene “El momento de debilidad”. Porque tampoco hay lugar para lo pintoresco ni para el miserabilismo. Con algo del clima de “El Día de la Creación” de Ballard, esa novela donde los ríos no podían desplegarse por una África maldita. Pero en Ballard la civilización y la barbarie estaban separadas, o por lo menos estaban en pugna. Una contenía a la otra y viceversa, pero había un límite. En Chow más bien hay despojos técnicos, centralizados en la figura del avión. El avión sirve para hacer turismo, pero también es el germen de las más perfectas máquinas de matar, que son las bombas. La bomba atómica se arrojó desde un avión. No habría misiles, no habría drones si no hubiera habido aviones. La novela está llena de aviones, de viajes en avión, y los aviones sobrevuelan a una naturaleza que es violenta y banal. Los aviones son la naturaleza de la técnica. La naturaleza es psicópata como los jaguares, y también es brutal, como las erupciones volcánicas. Pero ambos, naturaleza y aviones, son los dispositivos sobre los que se monta el turismo. Sabbath se aburre en la ciudad, da lo mismo si es Buenos Aires o si es Cannes. Pero también se aburre haciendo turismo, porque todo turismo es turismo sexual si no se comparte, toda relación sexual es turística. No se viaja si no se está buscando nada, pero el turista viaja en busca del turismo, entonces todo se anuda en un agujero negro. “El momento de debilidad” es una novela que intenta rebelarse contra esa entropía tanática del confort.

 

Cómo fabricar Coca Cola

El nihilismo químico de la novela de Bob Chow encuentra su límite en lo extraterreste. En la novela, lo extraterrestre opera como síntesis entre lo perverso de la técnica y lo sagrado. Ser antena de los extraterrestres –se dice que Bob Chow lo fue, y quizás todavía lo es-, traducir sus mensajes, es transformarse en medium entre las promesas fallidas de la técnica y la creencia en lo trascendente. El problema no es del orden del significante, ni de los equívocos del deseo, sino de la fe. ¿La técnica puede salvar al mundo o ya lo destruyó? ¿Si puede hacerlo, porqué no lo hace? Por fuera de ciertas pavadas conservadores de quienes con un uso banal del psicoanálisis terminan concibiendo al lector como un consumidor de cultura, “El momento de debilidad” siembra también interrogantes en torno a la dimensión política del acto “artístico” en su tensión con los relatos de la historia. ¿A qué versión de la historia adscribimos cuando retratamos una época? ¿Se puede narrar una época desde una linealidad temporal, con una suerte de epistemología fenomenológica? Echemos un vistazo a uno de los films de Damocles que relata Bob Sabbath. La película se llama “Cómo fabricar Coca Cola”:

“El film toca el copamiento guerrillero de La Tablada centrándose en asuntos como que los militares hayan usado fósforo blanco para aplastar la asonada. Abre con apabullantes explosiones del controvertido agente incendiario. Son unos minutos de medusas y monstruos apocalípticos extendiendo sus blancos tentáculos de fósforo en cielos diáfanos. Luego violento corte al camión de Coca Cola, el Dodge 1600 y un Citroen 3CV con gomas lisas con los que un ficticio Nuevo Ejército Argentino ataca la guardia del Regimiento 3 de La Tablada. Todo es relatado por la voz en off de un Testigo de Jehová, quién tiene residencia permanente en el calabozo junto a la guardia atacada por negarse a saludar la bandera. El jefe Gorriarán Merlo ordena la liberación del Testigo de Jehová y de América Latina con seis corchos y una .38. Al Testigo de Jehová le cabe la difícil tarea de explicarle los acontecimientos al espectador. Damocles mete personajes ficticios en algo que no debiera salir del registro documental. Introduce una holandesa de belleza inquietante para hacer de «la puta del guerrillero». Ella bien podría haberse quedado en su patria mascando hachís frente a un bosque de tulipanes. Sin embargo le toca bañarse en su propia sangre en La Tablada, Pcia. de Buenos Aires. Los militares vuelven a capturar a un tal Samojedny a quién en Tucumán ya habían paseado colgando boca a bajo de un helicóptero. El oficial que lo reconoce en La Tablada esta vez le promete el infierno. Damocles concibió este film esperando que el público se levante de la sala lo antes posible.”

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