El humor en los tiempos de ajuste | revista crisis
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El humor en los tiempos de ajuste
Una lectura del “Manual para demoler progresistas”, de “Gustavo Beverhausen”.
Ilustraciones: Ezequiel García
15 de Enero de 2018

El autor del Manual para demoler progresistas elige un seudónimo para firmar: Gustavo Beaverhausen, nombre que coincide con el fake de la cuenta que utiliza en la red social Twitter, desde la cual ha promocionado su publicación. Que una editorial como Libros del Zorzal – Edhasa se haya acoplado de una forma tan poco feliz al ya transitado periplo “de las redes sociales al libro” -la contratapa está a cargo de otro usuario de Twitter, Malcom Gómez- habla a las claras de jibarización intelectual o de simple aventurerismo; lo cierto es que la idea es vieja. De hecho, la publicación se puede vincular con una serie de títulos que proponen al progresismo como tema y objeto de crítica desde un posicionamiento ideológico similar, es decir, una versión poco informada de la alt-right norteamericana. El opus de “Beaverhausen” se inscribe en la tradición de Qué significa ser progresista en la Argentina del siglo 21 (2012) de Fernando Iglesias, Progresismo: el octavo pasajero (2013) del propagandista oficialista Gustavo Noriega junto a Guillermo Raffo y, además, sería posible ubicarlo en serie con el que probablemente sea el iniciador en la región de este tipo de discursos: el Manual del perfecto idiota latinoamericano de Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, publicado en 1996.

A falta de novedad estética o discursiva, el libro podría al menos traer entre manos alguna verdad, algo no dicho ya por el previsible discurso de la derecha argentina. Pero tampoco es el caso. El título promete la demolición de un tipo social que desde el inicio aparece satirizado, el “progre”, definido como “un individuo que, por estrategia o deformación, simula una actitud ideológica para verse bien ante los demás”. La idea de “pose” como definición del progresismo, junto con la afirmación de un principio rector de este ideario que consistiría en demonizar al rico e idealizar al pobre, parecen ser las hipótesis principales del autor, y el kirchnerismo encarna la quintaesencia de esta simulación y engaño a denunciar. Con una prosa plagada de chistes, giros twitteros, algunas menciones de autoridad y citas extensas en el afán de polemizar con las voces eminentemente kirchneristas que convoca, el Manual para demoler progresistas revisa en 190 páginas de generoso interlineado doble algunas de las boutades y puntos más polémicos de los doce años previos al gobierno de Cambiemos: el conflicto rural por las retenciones a la soja, los casos de corrupción, la detención de Milagro Sala, el feminismo, el caso Nisman (para el autor, su asesinato pergeñado por Cristina Kirchner), las opiniones de Horacio González sobre la película “El ciudadano Ilustre”, la cumbre en contra del ALCA organizada por Néstor Kirchner, la relación geopolítica de Argentina con China, la anulación de las leyes de obediencia debida, los vaivenes en la apreciación del Papa, los furcios del entonces candidato a diputado Cabandié ante una agente de tránsito, entre otros.

El encadenamiento de noticias viejas e hiper transitadas en las redes sociales es heteróclito y de distinta gravedad. A veces están acompañados por datos de informes producidos por el programa de televisión de Lanata o porcentajes estadísticos del estilo “entre 1990 y 2015 la tasa de pobreza en el mundo cayó del 36% al 12%, según cifras de la Organización de las Naciones Unidas” para refutar la idea del capitalismo como productor de pobreza. Todas estas exposiciones se enmarcan en una voz autoral que se dirige, en segunda persona del singular, al horizonte de recepción que imagina el texto: un oficialista del gobierno de Macri y “antiprogresista”, a quien le será de utilidad la serie de consejos brindados por el libro. Como umbral, el autor propone un pasmoso glosario cuasi humorístico con vocablos como “populismo y tiranía”, “rebranding”, “pac-man”, y la aclaración de la existencia de “asimilaciones” en el texto: se advierte que se utilizarán las nociones “izquierda” y “kirchnerismo” identificadas.

Twitter al cuadrado

El Manual para demoler progresistas atrapa con las redes del morbo: estimula la sed de visualizar y atestiguar cuánto más, sea por lucro o por vanidad, se puede estirar la batalla del sentido común conservador contra las posibilidades de la racionalidad argumentativa, con una prosa que proyecta el espectáculo del destripamiento de la racionalidad y del equilibrio. Sobresalen momentos satíricos y humorísticos eficaces, principalmente en las zonas referidas a la corrupción kirchnerista negada; son omnipresentes los chistes destinados a realizar una espeleología de las contradicciones del “progresista”, aunque la mayoría de las veces recaen en la simplicidades del clásico “Hippie con Osde” o aserciones del tipo “Laclau no es ningún boludo porque diserta sobre los sectores postergados desde la comodidad de Londres”. En suma, nada que no se haya visto en Twitter.

La feble asociación lineal entre posturas políticas con orígenes o posiciones de clase vistas como homogéneas harían sonrojar a un estudiante de primer año de Ciencias Políticas, o a cualquier lector menos predispuesto a ingresar en el universo facilista y por momentos absurdo que el libro propone.

La ubicuidad de giros y expresiones asociadas a Twitter, tales como “Digamos todo”, “seamos buenos”, “Spoiler alert”, “ñañaña”, referencias a series como Game of Thrones, vocativos como “Madre” e insultos variopintos colocan al lector en un espacio de referencias y chicanas comunes, esta vez desarrolladas con preguntas retóricas y citas de autoridad. Uno de los contrastes más fuertes que apuntan a la ambivalencia de libro es entre este desenfado humorístico y la pretensión de seriedad de la discusión con el “progresista”, a quien se asocia a lo largo de las páginas a una enfermedad que debe ser erradicada, al totalitarismo y al fascismo.

Intoxicado con el cóctel ideológico que propone, el libro fracasa en su justa definición del objeto que pretende demoler: el concepto de progresista es maleable, diseminante y poco claro: toca al PJ, al peronismo, al Papa Bergoglio, al feminismo y a la izquierda in toto. A tamaño aturdimiento categorial y referencial se le suma el claro offside histórico en el que queda el texto al criticar el trato de los gobiernos kirchneristas con los pueblos indígenas, la gestión del endeudamiento, los aumentos insuficientes a los jubilados y la incapacidad de los gobiernos votados por progresistas para disminuir la pobreza. Es en este punto, y en su historicidad, que el libro empieza a virar desde la autoayuda humorística para ciudadanos identificados con la naturalización de las jerarquías hacia el humor negro involuntario sobre el ciclo político con el que pretende identificarse.

Así, el constructo “progresismo” de Beaverhausen se recorta y aleja del progresismo como problema y como núcleo de discusión en los países centro, en los que dicha categoría es encarnada por otro tipo de sujetos sociales, blanco de críticas de, por un lado, autores como Slavoj Žižek o Alain Badiou desde perspectivas diversas y, por otro lado, de reacciones a escala global ante los llamados “movimientos de minorías” y la “corrección política”. Estas últimas críticas resuenan en el libro pero de manera tangencial y confusa, dado que en rigor todo lo criticable se asocia a la oposición del gobierno de Cambiemos (las simpatías por la administración actual son evidentes, se cita a Elisa Carrió en varias oportunidades y aparece, para ser defendido, Mauricio Macri como “el Presidente”).

Es claro que el Manual intenta utilizar al humor como vagón de carga ideológica, pero esa intencionalidad aparece teñida de una pretensión de razón superadora que lo vuelve criticable por su corto alcance. Las explicaciones de los problemáticos conceptos de “izquierda” y “derecha” resultan famélicas y se nutren de torsiones insólitas que asocian kirchnerismo, izquierda y peronismo para realizar generalizaciones que se pretenden contundentes: a estos agentes los asociaría una lábil “empatía por los pobres y creencia en la maldad de los ricos”, la vinculación con causas y gestas “desde el culo en sillón” (sic), la suposición de encontrarse siempre del lado correcto de los acontecimientos y la construcción de enemigos de la Derecha y de hombres de paja.

Por debajo del humor, esta superioridad moral y la enunciación de certezas definen la estética del Manual para demoler progresistas. A esto se suma un compendio de beligerancias y patoterismos de baja estofa esgrimidos en el transcurso de las exposiciones y diatribas: los votantes de Néstor Kirchner, por ejemplo, son “pobres nabos”, “infradotados”, “ñoquis opas” y no caen en mejor suerte las feministas de Ni una menos, los estudiantes de sociología, el periodista Novaresio por “tibio”, el Papa, los trotskistas, los peronistas, entre otros fatalmente equivocados. Lejos de haber aprovechado la oportunidad para discutir a fondo ciertas sensibilidades, el libro reproduce en espejo todos los ripios lógicos, falacias, simplificaciones e intolerancias que dice atacar.

Gustavo Beaverhausen

Manual para demoler progresistas

Edhasa

2017

192 páginas

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