la bandera y san cayetano | revista crisis
elecciones 2019 / en la unidad yace la fuerza / que no se pudra
la bandera y san cayetano
El cierre de campaña coincide con el día del santo del pan y del trabajo, que cada año reúne a miles de fieles en su iglesia de Liniers. ¿Cómo dialogan la larga marcha organizada por las organizaciones populares a Congreso, y el acto de los candidatos de la oposición en Rosario? Un anticipo del debate que viene, entre la calle y el palacio.
Ilustraciones: Nicolás Daniluk
07 de Agosto de 2019

 

Este 7 de agosto tiene dos escenarios simultáneos: la movilización de los Trabajadores de la Economía Popular y el cierre de campaña del Frente de Todos en el Monumento a la Bandera de Rosario. La coincidencia plantea un interrogante fundamental: ¿cómo comienza a vislumbrarse la convivencia entre la movilización y la representación política? ¿La marcha de “los cayetanos” tiene fugas hacia las orillas del Paraná? ¿Parte de la calle se proyecta entrando a la rosada si se impone la fórmula FF?

El vínculo entre la calle y el gobierno tuvo momentos históricos emblemáticos: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”, “desensillar hasta que aclare”, “golpear y negociar” y así. Hubo también épocas de pura resistencia social, entonces el vínculo con la política era el divorcio. Néstor llegó al gobierno en 2003 y dijo algo como esto para señalar la novedad: “quiero que la Casa Rosada deje de mirar con la nuca a la Plaza de Mayo”. Algunos referentes gremiales que fueron cercanos a Kirchner suelen contar que a esta primera definición fuerte (registrar la movilización) sumó otra caracterización: es necesario reorganizar el conflicto de cortes de rutas y calles, de temperamento piquetero, para ofrecerle cauces sindicales corrientes (movilizaciones grandes y planificadas, paros, y, en este balanceo, activar la negociación colectiva). Virar desde una conflictividad corrosiva hacia una conflictividad organizada. Sin embargo, cabe plantear este interrogante: ¿cuánta destrucción del “sistema político” hay que asegurar?

Hoy la marcha de San Cayetano concluirá en el Congreso y no en Plaza de Mayo, decisión tomada con el último aliento del “que no se pudra”. Sin embargo también se escucha: “si ganan, no gobiernan”.

 

En una conversación reciente entre Mario Santucho y Juan Grabois, éste último dice que es mucha la destrucción pendiente: “tenés que ser parte de algún aparato y si no, tenés que ser cool. La política se quiere lavar la cara con gente linda, no se quiere pintar de negro, de mulato, de pueblo... como decía el Che”.

Podríamos encontrar síntesis menos elocuentes que las nombradas más arriba, en aquellas frases célebres. Lo que es seguro es que las organizaciones discuten y definen (con mayor o menor impulso desde arriba, con más o menos orgánica) qué hacer frente a quienes gobiernan. En los años de Cristina, conflictos como el del campo y Clarín fagocitaron la iniciativa reivindicativa. Era usual escuchar a dirigentes de sindicatos y organizaciones territoriales sosteniendo: “Cristina está a la izquierda de la sociedad”. Una parte de la calle quedó eclipsada.

El macrismo llega al gobierno nacional en diciembre de 2015 como una expresión bastante lineal de los intereses de ciertas fracciones del empresariado; y sin embargo ganó por las urnas. Como la historia hizo marcas, la consigna prevaleciente entre las organizaciones sociales terminó siendo “que no se pudra”, porque los muertos siempre los pone el pueblo pobre. Por eso los primeros años ensayaron una conflictividad tiempista destinada a “frenarlos” y a aprovechar las oportunidades del “miedo a la calle” que sienten los de Cambiemos. La Ley de Emergencia y Salario Social y la Ley de Integración Urbana son los mejores ejemplos. Algunos referentes consideraron que el miedo podía generar más oportunidades que el ninguneo de la calle. Pérsico dijo de entrada: “el MST consiguió muchas más tierras con Cardoso que con Lula”. Si bien algo de esto ocurrió, la llave maestra del salario social complementario fueron los vasos comunicantes de las clases trabajadoras que se apreciaron, por fin, en la movilización del 18 de noviembre de 2016, cuando coincidieron columnas de la CGT, de la CTEP y las CTA. Ojalá un día de estos digamos: “el 18 de noviembre de 2016 fue el preludio de la CGT inmensa”. De todos modos el ímpetu languideció con la cercanía del año electoral, a fines de diciembre último Schmid advertía: “esta es una de las grandes discusiones que atraviesa a la CGT: ‘no empujemos porque no tenemos dónde depositar nuestra energía de lucha’. Yo no estoy de acuerdo porque es al revés.”

Acierta Martín Rodríguez cuando se anima a hablar de “pueblo macrista”. Con el pasaje a la política, Cambiemos entonó palabras remanidas como emprendedores y colaboradores, pero su apuesta fue construir a toda velocidad una instantánea que las corrobore: cada día vemos muchísimos más repartidores en bicicleta que trabajadores de mameluco o de oficina. Es un ejemplo pero no es banal; está cambiando lo que vemos. Para no sobredimensionar la iniciativa macrista vale decir que intentan ser los facilitadores locales de esta gran transformación que se desparrama por el tejido del trabajo, volviéndolo irreconocible. El crecimiento exponencial de Uber habla de esto mismo. Los repartidores son punta de iceberg, pero si prestamos atención el sistema low cost y el de plataformas se combinan creando uno de los soportes más sólidos de los experimentos políticos de derechas que tienen lugar en diferentes países del mundo. De fondo, se quiere la extinción de la matriz, del estatuto del trabajador asalariado. Un consumo en suma cero con los derechos laborales, y sin trazabilidad; un populismo low cost, con ocultamiento de patrones (algo que ya conocemos por la economía popular) y una contracción de identidades: “manejo uber, tomo uber”. En Argentina este proceso choca de lleno con los anticuerpos locales, la cancha se embarra: organizaciones tabicando el avance, prohibiciones judiciales, multas, empresas que no saben cuánto aguantar porque no divisan la luz del final del túnel sindical.

En estos meses lo que se conoce sobre el regreso a los basurales, el aumento de comensales en comedores y merenderos y el de personas que viven en la calle se corrobora con estadísticas como las que brinda la UCA a través del Observatorio de la Deuda Social: en la población de 0 a 17 años, la inseguridad alimentaria severa aumentó de 9 a 13% entre 2015 y 2018.  La inseguridad alimentaria total pasó de 20 a 29% en igual período. Es un deterioro vertiginoso en una variable extrema. El indicador se elabora a partir de una batería de preguntas de este tipo: ¿tuvieron HAMBRE los niños de su hogar porque no había suficiente dinero para comprar comida? Estas cifras estallan donde gobierna María Eugenia Vidal. En el conurbano bonaerense el alza de la inseguridad alimentaria fue aún más empinada: pasó de 9.7 a 17.4 % en el mismo período. Una última información basada en la EPH: entre las estrategias para vivir de los hogares del conurbano aumentaron significativamente respuestas como “vender una pertenencia”, “pedir prestado a financieras”, “pedir prestado a amigos y familiares”, “gastar ahorros”. En cambio decrecieron los ingresos por trabajo y por jubilaciones y pensiones.

Hoy la marcha de San Cayetano concluirá en el Congreso y no en Plaza de Mayo, decisión tomada con el último aliento del “que no se pudra”. Sin embargo también se escucha: “si ganan, no gobiernan”. ¿Por qué? No hay orgánica popular que contenga la reacción vital frente al deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares.

Si Cambiemos es derrotado por el Frente de Todos será imprescindible repensar un vínculo virtuoso entre la calle y el palacio. Con un pie adentro, pero el del lado de afuera del campo estatal tiene que pisar muy fuerte, porque no hay ni una milésima de segundo para desensillar.

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