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La liberación del cuerpo
En el mes de octubre de 1987 más de un millar y medio de mujeres provenientes de 25 países se reunió en Taxco, México, en el marco del VI Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. Pobladoras chilenas, amas de casa peruanas, guerrilleras salvadoreñas, activistas por la despenalización del aborto coincidieron en abordar una nueva etapa del movimiento: la del crecimiento. La elección de México no fue casual. Del desarrollo del pensamiento y el accionar de sus mujeres da testimonio esta entrevista a Dulce María Pascual, psicóloga, feminista y militante política. Muchos de sus conceptos, ya incorporados al quehacer político y social de su país, pueden servir para generalizar un debate que, en la Argentina, ha quedado rezagado.
05 de Junio de 2020

 

En México viven cerca de 40 millones de mujeres, más de la mitad menores de 20 años. Como en casi toda América latina, como en Argentina, la gran mayoría se dedica prioritariamente a la procreación y las tareas del hogar. Del mismo modo que aquí, su incorporación al mercado de trabajo –en las tareas secundarias, de menor rango y peor retribuidas- está marcada por la doble jornada que echa raíces en la división sexual de roles: las mujeres trabajan más. Hay características mexicanas específicas, las que corresponden a su particular estructura social, a su historia. En una sociedad de fuertes rasgos campesinos (el 45% de las familias son rurales), el promedio de hijos es de seis o más para las mujeres que han completado su ciclo reproductivo y de tres y medio para el conjunto. En un país donde amplísimos sectores de la población están sumidos en la pobreza, la opresión crece con ella y lleva su signo.

Como cualquier sociedad, la de México diseñó un modelo de mujer a la medida de sus necesidades. Según él, la mexicana debe ser sufrida, abnegada y pasiva, exigencias coherentes con un pueblo que, al decir de Octavio Paz, sobrevivió armándose de disimulo y mimetismo, y ubicó el estoicismo, a la resignación y la reserva entre las máximas virtudes. “Habéis de estar dentro de la casa como el corazón dentro del cuerpo…”, rezaba el discurso a las recién nacidas en la sociedad azteca. “La mujer en la casa y con la pata rota”, fue la imposición del colonizador español. ¿El resultado? En lucha contra los mitos que la encasillan, desbrozando una historia tan conflictiva como compleja, las mexicanas han logrado revelar los caminos de una opresión tan vigente aquí como allá, pero en nuestro caso mucho más enmascarada.

 

¿De qué quiere liberarse la mujer mexicana?

-La mujer mexicana tiene la misma problemática que la de cualquier otro lugar  del mundo: la diferencia de cuerpo en relación con el modelo que se ha ubicado como punto de referencia, el cuerpo del hombre, ha devenido en desigualdad. A través de esta diferencia se ha construido toda un ideología y una práctica de la desigualdad y se ha generado una determinada forma de cuerpo de la mujer. De ahí que todos los movimientos de liberación de la mujer pasen por la liberación de su cuerpo. En México, y en cada caso en particular, esta liberación deberá darse de acuerdo a las manifestaciones concretas que ha asumido esa relación desigual.

¿Cómo ha llegado la mujer mexicana a entender que es la capacidad reproductiva lo que da sentido a su vida?

-Precisamente porque es lo que la sociedad ha enfatizado siempre. Y, además, es lo que se tiene. Era lo único que tenían las mujeres de pocos recursos: hijos, y brazo que, más adelante, les ayudarían a vivir no tan miserablemente. Y entonces se vive en sacrificio, a través de los hijos y dentro del grupo familiar, en una sociedad que da tan pocas alternativas…Esto ocurre fundamentalmente en los sectores populares y se va atenuando en la clase media. En los estratos altos, donde hay mayores posibilidades de satisfacer otro tipo de necesidades, la maternidad nunca ha sido una prisión. Allí el papel de la mujer es ser atractiva y se cuida más como objeto que como madre.

¿Cómo entiende la mexicana el amor maternal? ¿Cuáles son los rasgos determinantes de la relación con los hijos?

-El ser de la mujer siempre ha sido determinado en función de otros y en función de tener hijos, de ser madre o de no serlo. En su capacidad para esto reside su valor: ser un ser para otros. El instinto maternal no es sino una creación histórica que recae sobre la mujer como también ocurre con la “matriz social” (después que el hijo nace) que, en otro tipo de sociedad debería recaer sobre la comunidad. En cuanto a la relación madre-hija: es una relación complicada ya que es entre dos oprimidos, entre dos personas concebidas como incompletas y que deben cumplir un rol subordinado. De ahí que haya más violencia, más agresión y menos aceptación que en la relación madre-hijo varón. Es que el modelo que la madre presenta a la hija es aquel contra el cual quiere rebelarse. Se ha dicho que la mujer es una madre sin madre porque no cuenta con su apoyo, en tanto el papel de la mujer es ser madre del hombre que sí siempre la tiene. Si la hija atraviesa un conflicto matrimonial, lo más probable es que la madre la inste a someterse, a reflexionar. Con el hijo varón es diferente la actitud porque él es lo valioso, lo importante, es quien puede darle sentido de utilidad a su vida. Entonces, dentro del mecanismo que se da entre los oprimidos, desgraciadamente la madre se transforma en la opresora de las hijas y de las mujeres próximas a los hijos; de ahí el mito de la suegra. Así, los hijos varones podrán tener buenas relaciones con la mujer-madre, pero no con la compañera; las hijas mujeres tendrán que pelear como sea para lograr un apoyo que no encuentran. A veces, quizá sí, indirectamente lo obtienen del padre; las hijas que tienen un padre aceptante estarán menos devaluadas que aquellas rechazadas por ambos.

¿Cómo se explica la frecuente coincidencia entre mujer subordinada y mujer manipuladora?

-Es la característica del oprimido, de quien no tiene poder directo. Lo que hace es usar el indirecto, y allí entra la manipulación. Y la sumisión va de la mano. La manipulación es un producto de la opresión: la mujer que no se siente valioso en sí misma, ante la imposibilidad de actuar, manipula. Eso hacen todos los oprimidos.

¿Cómo se explica el hecho generalizado de la violación?

-Es un producto del proceso de descomposición social en el que la mujer –que no es considerada un ser humano igual y que siempre ha sido tomada como un amortiguador de la violencia- es, una vez más, la víctima. Lo que explica la violación es la violencia contra la mujer, y existe un ambiente político, de manejo del poder, que la permite. La violación no es sólo el hecho en sí, agresivo y concreto, sino que destapa la gran cantidad de prejuicios contra la mujer de los que son portadores los familiares, los conocidos, los vecinos, todos lo que giran a su alrededor. Y se condena a la violada porque se culpabiliza a la víctima. Muchísimas violaciones se producen en la casa, por algún familiar o conocido. Frecuentemente en la familia se mantiene el secreto, las hijas no lo dicen porque temen ser la causa de la ruptura de la “armonía familiar”. Del mismo modo, muchas mujeres que quedan paralizadas por el terror en el momento de la violación luego sienten que no hicieron lo suficiente para defenderse. ¿Cómo fue que pude quedarme como si las cosas no existieran?, se desesperaba una muchacha violada. Entre las personas casadas hay mujeres que, sin saberlo, han sido violadas durante años en su propia relación de pareja en la que eran seres inexistente, donde su “no” carecía de validez. Desde hace muy poco tiempo las mujeres denuncian la violación, y en que se lo está haciendo tiene que ver la acción del feminismo. Pero falta mucho camino aún por recorrer.

En México es frecuente que el hombre mantenga dos mujeres (e incluso dos familias), las llamadas “casa grande” y “casa chica”. Sucede en otros países pero aquí parece tener más reconocimiento social. ¿Cómo explicas que a veces las mujeres acepten la “casa chica”?

-Se dan ciertos mecanismos psicológicos, pero lo determinante reside nuevamente en la pelea entre los oprimidos. Y, en la base, está la concepción de la mujer como un ser al servicio de otros. Cuando se entera de que su marido anda con otra, la mujer piensa en qué falló, qué fue lo que “no hizo bien” y entonces razona que se ha dedicado demasiado a los hijos o que se ha descuidado como objeto sexual. Muchas mujeres mantienen la relación con el marido (que tiene casa chica) por mantener la autoridad hacia los hijos; “les pude dar un padre”, es el razonamiento y enfatizan en este caso su papel de madre. En la mayoría de esas situaciones el aspecto económico juega un papel importante: al no ser la mujer autosuficiente prefiere seguir contando con el ingreso del señor que, aunque dividido entre dos casas, de algo sirve. También incide la pelea entre las mujeres por el dueño del poder (“él no quería pero alguien lo incitó”) y la concepción de la sexualidad masculina como no comprometida y que requiere una serie de descargas (“para el hombre es distinto, él lo necesita”). En cuanto a las mujeres de la casa chica, por lo general cuenta con algún ingreso. Tienen entonces cierta autonomía y, nuevamente, un objeto, una persona aunque sea de vez en cuando. Pero toda esta situación trae una sensación de culpa, de abnegación y de sumisión al poco tiempo que el hombre pueda conocer; hay casos en que ellas mismas prefieren que él no abandone la casa grande. Y ante una relación sin el aval de la legalidad, la mujer acepta ser escondida.

¿Cuáles son, en tu opinión, los caminos posibles para la liberación de la mujer en México?

-Una organización colectiva dentro de la problemática general del país que resalte el tema de la mujer. Hay que andar junto y sin los partidos, pero con su apoyo. Es necesaria la organización independiente de las mujeres pero sin desligarse de las cuestiones que afectan al conjunto de la población.

 

Se ha dicho que en los años 70 el movimiento feminista entró a nivel ideológico en todos los rincones. Es cierto. Sólo que no podemos quedarnos  en la ideología sino abrir los espacios para que sea una realidad. No se trata de que la acción de las mujeres genere organismos paralelos para resolver los problemas sino que haga una serie de demandas al Estado de modo que las instituciones específicas cumplan su rol en lo referido a prestaciones, servicios, etc. También hace falta un cambio social y en las relaciones de poder hombre-mujer (que no pasa por invertir los roles). Y como hay formas de ver la vida que también están ideologizadas yo creo que deber transformarse lo que llamo el “el inconsciente político”. ¿Qué es? Pues nuestra percepción del aquí y del ahora y de los valores que queremos defender más allá del discurso consciente. Son las emociones, el mundo de lo concreto que queremos cambiar, el modo de amarnos, de odiarnos, de comunicarnos. En esto el rol de la mujer es fundamental porque ella es el dispositivo alrededor del cual se generan una serie de creencias y de formas concretas en el aquí y el ahora. Son quienes manejan la necesidad, aunque no conozcan estadísticas. ¿Para qué cambiar las relaciones de producción si no cambiamos la vida? Y en ese cambio está inmerso lo que se piense sobre la mujer. Cuando se relega todo a las grandes transformaciones yo insisto en ver qué pasa con el “inconsciente político”, ¿o se puede hablar de estrategias y abstracciones mientras se seduce, se agrede, se minimiza y, además, se fortalece una forma de ver la vida basada en la opresión y la explotación de los demás?

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