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los piojos de la historia y la justicia
En territorio mapuche a las “tomas de tierras” se la llaman “recuperaciones”. Y todo título de propiedad es en cierto modo un documento del despojo. A mediados de 2019 la familia Buenuleo volvió a asentarse al territorio de sus ancestros, entre los lagos Nahuel Huapi y Gutiérrez. Hoy enfrentan un juicio por “usurpación” donde se habla mapuzungun y el litigio legal no puede tapar al conflicto histórico. ¿Quién es Mauro Millán, el lonko acusado de ser el líder espiritual de una comunidad que recomienza?
10 de Septiembre de 2020

 

El 9 de septiembre de 2020 comenzó en Bariloche un juicio contra un grupo de personas acusadas de usurpar el predio donde sus abuelos se criaron y vivieron, ubicado entre el lago Nahuel Huapi y el lago Gutiérrez. Uno de los acusados es Mauro Millán, lonko del lof Pillán Mawiza, de Corcovado, Chubut.

Lonko se traduce del mapuzungun, la lengua mapuche, de dos maneras: como “cabeza” de un cuerpo y como “jefe” de una agrupación familiar, territorial y política, el lof. Pillán Mawiza está a más de 400 kilómetros del predio en cuestión y Millán no tiene intención alguna de irse a vivir a territorio de Buenuleo. ¿Por qué, entonces, está imputado?

Lo que desde la perspectiva judicial es visto como una “usurpación”, es decir, como la apropiación ilegítima de una extensión de terreno ajeno, es vivido desde la mirada mapuche como el restablecimiento de una serie de equilibrios que deben existir en las relaciones entre personas, entidades extra-humanas y territorio.

Y como el ejercicio de un derecho por parte de un sujeto colectivo: el pueblo mapuche. 

 

Lof Buenuleo

La familia Buenuleo (en mapuzungun se escribiría Wenu-Leufu y significa el “río del cielo”, en referencia la Vía Láctea) quiere volver a su territorio. El lugar es conocido como “Pampa de Buenuleo”, así que no hay mucha duda en torno de su vinculación. Hay unas urbanizaciones más recientes cerca de allí que se llaman “Pilar I” y “Pilar II”, retomando el nombre de la abuela de los miembros actuales del lof: Pilar, la compañera de Antonio Buenuleo.

Los Buenuleo llegaron al lugar antes que existieran las fronteras nacionales, escapando de olas de violencia que corrían en sentido contrapuesto. Sobrevivieron a dos campañas genocidas: la llamada “Pacificación de la Araucanía” en lo que hoy es territorio chileno (y que en lengua mapuche se llama Ngulumapu, tierra del Oeste) y la “Conquista del Desierto” en territorio que reclamó Argentina (y que en mapuzungun se llama Puelmapu, tierra del Este).

Como todas las familias mapuche, en esa época sufrieron desplazamientos forzosos, aislamiento, ruptura de vínculos familiares y sociales, cuando no directamente encarcelamiento, leva forzosa (para el trabajo o la milicia) o el destierro. Las campañas militares de Argentina y Chile rompieron lo que, durante más de trescientos años, no habían logrado doblegar los Incas, los conquistadores ibéricos, los poderes coloniales ni los incipientes Estados criollos americanos. Las comunidades mapuche fueron separadas violentamente de sus territorios y quebrantadas en sus capacidades de reproducir soberanamente sus condiciones de vida. En algunos testimonios gente mapuche me ha hablado de este proceso como “el fin del mundo”.

Pero no se acabó el mundo ni se acabó la gente mapuche. Y hoy, más de cien años después, existen procesos de reconstitución y reorganización de las familias, los lof e incluso del pueblo mapuche como identidad colectiva. La recuperación territorial es parte de estos procesos.

 

mauro

Mauro Millán nació en El Maitén, Chubut, un pueblo pequeño encapsulado por los centenares de miles de hectáreas que concentra la Compañía de Tierras del Sud Argentino (CTSA), hoy en manos del grupo Benetton.

Se crió entre Ingeniero White y Bahía Blanca, porque su padre era maquinista ferroviario y le cambiaban los destinos. Su familia estaba atravesada por el culto evangélico, pero también por los conocimientos e historias que transmitía Margarita Burgos, su abuela. Guillermina, la mamá de Mauro, lo llevaba a él y a algunos de sus hermanos y hermanas a la tierra de Margarita, en Chubut, a conocer de dónde venían.

En esas tensiones, entre marineros, arrabales, canchas de fútbol, evangelismo y ngtram (historias verídicas en mapuzungun), abandonando la secundaria y trabajando desde muy joven, se crió Mauro.

A principios de la década de 1990 se instaló en Esquel. Junto a Moira, su hermana melliza, transformaron la “Comisión 11 de Octubre” en la Organización de Comunidades Mapuche-Tehuelche “11 de Octubre”, la primera organización política mapuche del Chubut. Eran las vísperas del quinto centenario de la llegada de Colón a América y los pueblos originarios de todo el continente se preparaban para un sonado contrafestejo.

Acá no nos alcanza el espacio para contar las aventuras, logros y alcances que tuvo “la Once”. Queda para otro artículo. También otras muchas iniciativas que Mauro lideró o de las que formó parte. Quisiera recordar, nada más, el banco de trabajo sobre el que estaba eternamente volcado. Mauro es retrafe, platero mapuche. Fabrica chawai (aros), tupu (prendedores), trapelacucha (una compleja pieza pectoral que usan las mujeres) y muchas cosas más. Siempre en algún rincón de sus casas (porque nunca tuvo casa propia, e iba mudando sus herramientas de alquiler en alquiler) se ubicaba el banco de trabajo donde se lo podía encontrar sentado, concentrado sobre alguna pieza.

Y allí lo encontraban también sus vecinos. Gente mapuche trabajadora, albañiles, operarios, empleadas de casas particulares que tenían algún problema: un terrateniente les alambró el campo; los quieren echar de donde están porque dicen que compraron la tierra; quieren volver al campo que les robaron y no pueden... Quien buscaba consejo y ayuda sabía que podía encontrarlo en su casa, haciendo platería. Cuando años después, de nuevo en El Maitén, tuvimos las charlas que desembocaron en el libro que escribimos juntos. Mauro estaba haciendo platería.

 

los censos escondidos

No ha de ser casual que en Argentina, el país del “campo”, se sepa tan poco de la estructura agraria.

Desde 2002 no hay un censo agropecuario completo. El anterior databa de 1988. El de 2008 se hizo justo cuando estalló el conflicto por las retenciones a la exportación de soja, y la mayoría de los productores lo boicoteó por lo que el consenso entre las y los especialistas es no tomarlo como referencia. El realizado en 2018 todavía se está procesando. Pero ha arrojado ya algunos datos preliminares, consistentes con las tendencias que se podían observar históricamente: la concentración de la tierra cada vez en menos manos y la desaparición de productores.

Según el CNA 2018, Río Negro tiene casi 11 millones y medio de hectáreas de tierras rurales destinadas a la producción agropecuaria, con un total de 6.190 unidades productivas. De ese total, unos 8 millones de hectáreas corresponden a sólo 525 establecimientos, los más grandes, de 5.000 hectáreas para arriba cada uno. De hecho, sólo 92 estancias (de más de 20.000 hectáreas) concentran casi tres millones de hectáreas de tierra. Y menos de 200 (de 10.000 hectáreas para arriba cada una) reúnen más de 5 millones.

El departamento Bariloche de Río Negro, donde se ubica el territorio del lof Buenuleo, es el más extranjerizado de la Provincia, con el 13,82% por ciento de las tierras rurales en manos extranjeras (sin contar testaferros ni presta-nombres), casi triplicando el límite máximo establecido por la ley y con un sinnúmero de irregularidades vinculadas a las “zonas de seguridad de fronteras” y esas cosas que supuestamente son muy importantes para la integridad territorial de la Nación (y que evidentemente no despiertan en vastos sectores de la población la misma alarma que las recuperaciones territoriales mapuche o las tomas de tierras de los pobres y menesterosos de la Patagonia).

Otro elemento a considerar es el aumento de precios constante de las tierras cercanas a lagos y bosques, buscadas para consumo suntuario de millonarios nativos y extranjeros. 

En fin, en el país del “campo” la “gente” no tiene tierra. Y esta realidad se obvia (¿o mejor sería decir se esconde?) al momento de analizar los conflictos territoriales. Se elige hablar de terrorismo, de ETA, de las FARC, de separatismo, de brujería o del espíritu indómito y malonero de los mapuche, pero no de la concentración de la tierra, que simultáneamente implica su carencia en el polo opuesto.

 

hacerse cargo

En los últimos años Mauro Millán atravesó un proceso crucial. Se ha levantado como lonko de su lof, Pillán Mawiza. Este proceso no es optativo. El lonko nace con newen (fuerza, energía) de lonko. Una persona puede o no hacerse cargo de esa suerte: si lo hace, deberá asumir ciertos compromisos. Si no lo hace se enfrentará a la enfermedad, el desorden, la soledad de no ocupar el lugar en que se lo necesita.

Mauro lo narra así:

Hay una cuestión que en estos años ha pasado en mi vida, que es que he ido asumiendo algo que los pu machi me han dicho, que es si asumir o no el rol de lonko de mi lof, Pillán Mawiza. Es un espíritu de un antepasado, que te exige cumplir esos roles, que están vinculados a lo ceremonial, lo político, lo filosófico y es todo un proceso que lleva años, considerando normativas que son para toda la vida. Desde chico estoy tratando de trabajar por la unión de mi pueblo, por los derechos de mi pueblo. Es el rol que tengo.    

 

La reconstrucción del mundo mapuche implica la reconstrucción de roles, posiciones y lugares específicos. El lonko articula y posibilita el desarrollo de trawün (parlamentos), que es la herramienta organizativa específica del pueblo mapuche, una asamblea donde se decide por consenso y donde las determinaciones a que se llega deben ser cumplimentadas.

En uno de esos trawün los Buenuleo contaron su historia y plantearon la necesidad de volver a su territorio. Una recuperación se diferencia de una toma porque implica un retorno. Y quien vuelve no es un individuo, sino un colectivo. El lonko no puede hacer oídos sordos a ello. 

Por eso Mauro acompaña la recuperación.

 

la meseta empiojada

Juan Emilio Friedrich dice ser el propietario del territorio en disputa. Alega que se lo compró en 2009 a otra persona que se lo habría comprado a Antonio Buenuleo en 2001. Los Buenuleo dicen que el boleto de compra-venta es falso, que el anciano fue engañado, que la transacción, si acaso existió, fue ilegítima.

Más allá de eso, debería bastar el reconocimiento de los Buenuleo como lof mapuche para repensar toda la situación territorial. Existen casos en Río Negro donde títulos legales, correctamente elaborados en escribanías y estudios de abogados, fueron revocados porque se basaban en violaciones primigenias del derecho indígena. Y me refiero no a un derecho basado en “cosmovisión indígena”, sino a tratados y convenios internacionales reconocidos jurídicamente y con rango constitucional.

Vamos a revisar otro ejemplo que permite echar luz sobre este caso. Hace alrededor de un año, más cerca de Esquel que de Bariloche, se produjo una recuperación territorial. Detentaba el título de propiedad un ganadero mediano, hombre progresista de la ciudad, que le había comprado el predio a un estanciero histórico, de origen sirio-libanés. Un “turco” como les dicen en el campo.

El “turco” acumulaba denuncias de apropiación indebida y vendió un campo “flojo de papeles” al ganadero mediano. La compra-venta estaba, técnicamente, bien hecha.

La recuperación hizo saltar por los aires el acuerdo. Los mapuche agitaban a los cuatro vientos años de cartas, reclamos, denuncias, pedidos a diferentes gobernantes por la tierra que el “turco” les había robado. Y además tenían y tienen el control efectivo del territorio. Ahora el ganadero mediano está demandando por estafa al estanciero “turco”. En declaraciones a la televisión local reconoció hace poco: “toda la meseta está empiojada”.

Toda la meseta, y toda la costa, y toda la cordillera. Empezar a revisar la propiedad de la tierra en la Patagonia no haría otra cosa que poner al descubierto los mecanismos originarios de apropiación del territorio: lleno de piojos por todos lados. La clase propietaria no resiste el análisis de lo que ella misma ha definido como criterio de justicia.

Quizás allí radique el origen de la violencia con que se recibe a las “tomas” y a las recuperaciones.     

 

recuperación y violencia

En septiembre de 2019, poco después de la recuperación de los Buenuleo, Juan Emilio Friedrich, su hijo y un grupo de personas se acercaron al territorio y amenazaron a todos, esgrimiendo cuchillos y armas de fuego a centímetros de la cara de las personas. La reacción del lof fue, como se había planteado previamente, de total tranquilidad y sin otra respuesta a las agresiones que quedarse en el lugar.

Entrada la tarde y con la presencia de policía y fiscales se permitió que nueve personas permanecieran y pasaran la noche en el lugar, para lo que debieron identificarse y registrarse. Después de un día de violencia necesitaban serenarse, calmar a los niños y niñas, proteger el territorio y su iniciativa. Mauro decidió quedarse para acompañar y aportar a la tranquilidad. De ahí salieron las imputaciones por usurpación.

A fines de abril de 2020, en plena cuarentena, los Buenuleo volvieron a ser agredidos en el territorio. Esta vez los matones lesionaron a una persona y provocaron destrozos en una de las casas. Estaban allí Friedrich y otras personas vinculadas a los negocios con tierras en la zona. Hubo cuatro detenidos que formaban parte de la patota. Otra vez, el lof Buenuleo acudió a la táctica de resistir permaneciendo. Como en muchos otros casos, la violencia viene de un solo lado.

final y principio

Hoy vivimos tiempos de “tomas”, “usurpaciones”, “recuperaciones”, “defensas” y “reafirmaciones” territoriales. Seguiremos viviéndolos. Los argumentos y las estigmatizaciones se mezclan en debates acalorados que no buscan llegar a una conclusión común, sino legitimar acciones de hecho. O agitar panfletariamente posiciones políticas racistas y clasistas.

Hay mucha gente mapuche que, sin hacer referencia a un proceso de reconstrucción identitaria, toma o recupera territorio. Hay gente que no es mapuche e igualmente necesita vivienda aún cuando no establezca relaciones específicas con los seres que habitan ese mundo.

Acá no hay “usurpaciones” que perjudiquen a otros. Hay intentos por reconstruir mundos que han sido violentamente avasallados y hay intentos por establecer cánones populares de justicia territorial. No hay privatizaciones excluyentes del territorio, sino una “economía moral” del acceso a la tierra.   

Y una fuerte interpelación, por parte del pueblo mapuche, respecto del eje constitutivo de la nación argentina desde el siglo XIX. Tirando del hilo de la apropiación originaria del territorio se descubren los eslabones de compras, ventas, herencias y donaciones signadas por la ilegitimidad a través de décadas, así como la propia inconsistencia del relato de la “propiedad privada”: ¿cómo puede ser propietario quien en primer lugar es un ladrón?

Debatir este problema puede ser utópico. Y sin embargo, el problema está cada vez más presente. Cada vez más irresuelto.

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