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punks, eclécticos y massoteros en la nueva historieta argentina
Tras el crack de su industria en la década del noventa, la historieta argentina atraviesa un período vital que permite volver a cuestionarse las relaciones entre tradición y modernidad. Una compilación de la historieta argentina del siglo XXI realizada por José Sainz, y una relectura de Oscar Masotta del colectivo Un Faulduo reinstalan las preguntas sobre cómo leer y cómo pensar lo nuevo.  
Ilustraciones: Frank Vega
20 de Enero de 2017
crisis #26

¿ Cuál es la relación de la historieta argentina con su propia historia? Una primera lectura, tentativa: la historieta argentina tiene extremo amor y respeto a sus propias vacas sagradas. Hay una serie de mojones que se deben conocer y respetar, comenzando con el monolítico Eternauta y continuando con nombres que varían pero pueden incluir a Robin Wood, Landrú, Oski, Quino, Trillo, Muñoz y Sampayo, Fontanarrosa. 

Pero a la vez, este canon cincelado en mármol convive con cierta desmemoria, por un lado, y cierta resistencia a la crítica, por otro. Desmemoria porque muchas obras y autores han quedado olvidados por la progresiva decadencia de la industria editorial (con el punto privilegiado del colapso en los noventa) y muchos procesos no han sido debidamente contextualizados. Y resistencia a la crítica porque las obras que son canonizadas adquieren inmediatamente el halo de lo irrefutable. 

Al mismo tiempo, la historieta argentina, como cualquier actividad artística, funciona por olas, por recambios generacionales que impulsan nuevos estilos de dibujo y guión,  por influencias desde el campo del cómic y del exterior, y por estrategias de comercialización. En los últimos veinte años esta tendencia ha corrido en la dirección del abandono de un tipo de dibujo realista de aventuras más clásico, del privilegio hacia la ”obra completa” que puede ser empaquetada entre dos tapas de un libro, de la dinamitación de las barreras que separaban las artes plásticas de la historieta, y de la liberación de cierto expresionismo conectado al autor.  El Informe: historieta argentina del siglo XXI, publicado por la Editorial Municipal de Rosario, y la adaptación de La Historieta en el Mundo Moderno, de Oscar Masotta, por el colectivo Un Faulduo, ponen el acento en estas tensiones y las dejan al descubierto, generando un efecto muy interesante dentro del campo de la historieta local.

aquí vienen los jóvenes punks

Informe: historieta argentina del siglo XXI tiene su declaración de principios e intenciones en el mismo título, a la vez simple y complejo. Por un lado, como declara José Sainz, su compilador, en el prólogo, la idea es dar un pantallazo general de lo que se está produciendo ahora por (en su mayoría) historietistas sub-30, una generación que creció y prosperó con Internet y las redes sociales como un medio privilegiado de compartir su trabajo.

Este corte etario representa un grupo posterior incluso a aquel que renovó el panorama historietístico local con Historietas Reales hace ya una década. Ese grupo de artistas había hecho de lo cotidiano toda una declaración de principios y, con un trabajo de orfebre, habían adoptado el blog como la vidriera para llegar a un público más amplio, abandonando así toda pretensión de existencia en la gran industria de la historieta. Esta apuesta encontró a posteriori sus frutos: su producción terminó alimentando (junto con el grupo de artistas surgidos en las revistas más destacadas de los noventa: Suélteme, Catzole, El Tripero y El Lápiz Japonés) el resurgimiento de un nuevo panorama editorial de la historieta centrado en el libro. 

Sainz también dice: "Informe... asimismo es algo que está a medio hacerse, que todavía no adoptó su configuración definitiva, un protoplasma”. La selección de este libro, que es amplia y ancha, presenta diversos autores (otra característica: la tendencia al autor integral por sobre la dupla guionista-dibujante) con formaciones, trayectorias e intereses muy variados e inusuales para el panorama del cómic argentino. La compilación arranca con un cómic de Berliac, artista argentino radicado en Berlín que dibuja en un estilo muy similar al manga, para adultos de los setenta y ochenta, especialmente aquellos mangaka agrupados en la revista Garo, avanzada del cómic para adultos en el país oriental. Una historia de una hermana costurera y otra jugadora, cruda y estilizada a la vez (especialmente en el uso del color y en lo despojado del trazo, que por momentos parece realizado con rígidas plantillas). La yuxtaposición autor argentino que vive en Berlín y dibuja en un estilo oriental ya demuestra el amplio espectro e intencionalidad de esta antología. 

Otros participantes ostentan recorridos y estilos igual de singulares. Como effýmia, activista trans detrás de cuyo trazo infantil, coloreado con lápices de colores, se esconde la subjetividad más cruda, y se entronca con las recientes discusiones que se vienen dando dentro del mundo del cómic alrededor de la diversificación no solo de personajes sino también de productores y puntos de vista, de historias, de tal modo de quebrar la dominación del blues del hombre blanco heterosexual en los cómics indie. ¿Y qué decir de lo que hace Pablo Boffeli? Una ¿historia? ¿conjunto de cuadros? ¿ilustración? acerca de un joven y su gato realizado en finas y temblorosas líneas de tinta sobre fondo blanco que van creciendo hasta transformarse en panorámicas de ciudades, sin ningún tipo de vínculo entre una imagen y otra más allá de la repetición de algunos personajes. 

No es que no existan autores que presentan una visión más tradicional de lo que es la historieta, con una narratividad clara e inclusive hasta algunos chistes. Allí está el excelente cover lisérgico de Tintin por Sofía Gomez, el alien cumbiero y cordobés de Pablo Guaymasi, los punks border del under cualquierista y cotidiano de Lucia Brutta, la paranoia neurótica de líneas precisas y daniel clowesianas de Pablo Vigo, la angustia dark de monstruos adolescentes de Pedro Mancini. Pero también caben los rayones oscuros de Manuel Depetris y el extrañísimo personaje pictórico de Nacha Vollenweider con diálogos y textos por fuera de los cuadritos.

Es innegable que el objetivo del libro es causar un impacto, marcar una línea, decir ”aquí está lo nuevo, lo inclasificable, lo renovador” e incluso lo que otros verían como debilidades para este libro y su compilador son fortalezas. Los dibujos poco ortodoxos, la sensación de transitoriedad de algunas de las selecciones. Una generación se fortalece por su agrupamiento y se destaca por patear la puerta. Creo que la palabra operativa, una vez más, es diversidad. Diversidad y una idea de hacer estallar todo y convertir a la historieta en un continuum que se conecta por un lado con la ilustración y por el otro con el arte contemporáneo. 

Por supuesto que la publicación del libro ha generado reacciones de las más diversas, una de las más notorias de parte de uno de los padres del periodismo y la crítica de historietas local, Andrés Accorsi. En su blog 365 Críticas por Año publicó una dedicada a Informe que resaltó (negativamente) los experimentos que casi no eran historieta, los estilos de dibujo precarios y acusó a más de un autor de ser ilegible. Asimismo, criticaba muchos de los guiones, en su mayoría mínimos o inexistentes o experimentales como el dibujo, una parte del trabajo que claramente no es prioridad (al menos en esta ocasión puntual) para los artistas convocados. Al compartir la reseña en su página de Facebook desató una catarata de discusiones, enojos, chicanas, puteadas, llamados por una nueva crítica y batallas campales en general. Por un lado estaban quienes acompañaban su punto de vista en contra de lo que veían como coqueteos poco avezados; por otro, estaban aquellos que atacaban su posición y reclamaban un análisis más profundo.

La recepción de la crítica de Accorsi (y el punto de vista con el que trata a algunos de los artistas involucrados) ponen en relieve aquello de lo que estábamos hablando al principio de esta nota: la espinosa relación entre concepciones más tradicionales de lo que es una historieta y las continuas renovaciones, el complicado lugar de la crítica en una ”escena” pequeña en donde todos nos conocemos, y mucho. Y esto nos lleva al siguiente libro.

una historieta de los márgenes

Un Faulduo es un colectivo de experimentación sobre la historieta compuesto por Nicolás Daniluk, Nicolás Moguilevsky, Nicolás Zukerfeld y Ezequiel García. Desde el año 2005 publican la revista del mismo nombre, que cambia de formato número a número y se caracteriza por romper todos los esquemas de lo que debería ser una historieta. Números poster, números armados como si fuesen un pequeño libro de texto, historietas que adaptan poemas, historietas con cuadritos minúsculos, una cantidad importante de abstracción. A ello, a partir del 2010, le incorporaron performances en vivo en donde yuxtaponen música, actuación, pintura y decomposición historietil. Hay algo de la vieja experimentación del Di Tella en sus actividades.

En el 2014 se embarcaron en el proyecto más ambicioso de su existencia como grupo: adaptar La Historieta en el Mundo Moderno de Oscar Masotta, publicado originalmente en 1970. Masotta es una figura controvertida dentro del campo de la historieta argentina. En un principio lector de Arlt y Sartre, satélite extraño del grupo Contorno, importador de la filosofía existencialista aplicada a nuestras pampas. Luego, hacia principios de los sesentas, estructuralista y semiólogo aplicado al análisis de fenómenos modernos: el arte pop, las performances y la historieta. Masotta se sacude la pesada herencia del ser y deviene fanático de la superficie en la cual encuentra codificadas las estructuras profundas de la sociedad. Entonces se transforma en nuestro primer intelectual pop. 

Como parte de esta labor de valorización de la historieta desde lo intelectual Masotta escribe varias ponencias, organiza la Bienal de Historieta en el Di Tella (una de los primeras exposiciones museísticas del cómic), publica Literatura Dibujada, antología de gran factura técnica que da lugar a Breccia, Copi, Alex Raymond, Guido Crepax y Charles Schulz. Masotta amaba la historieta por su contenido estandarizado capaz de contrabandear mensajes contradictorios en el corazón de la cultura de masas. Si la historieta para él era puro esquematismo, repetición, superficie, ello era lo que le daba la libertad y la capacidad ocasional de lo excepcional. Además, Masotta era un comentador sardónico y sagaz de aquello que leía. Sin embargo, luego de publicar La Historieta en el Mundo Moderno, abandona este objeto por el psicoanálisis lacaniano. 

La figura de Masotta es bastante discutida dentro del ambiente historietil argentino. Por un lado es el padre de los análisis sobre historieta desde un lugar más académico, y como tal es venerado por aquellos que continuamos en esa línea. Por otro, la perenne postura anti intelectual de algunos artistas y críticos ha hecho que su nombre se convierta en una mala palabra, en un diletante sin formación que se metió ”desde afuera” con sus preciosos cómics. Charles Hatfield, en su libro Alternative Comics: An Emerging Literature menciona la tensión entre el ”punk y el curador”, entre aquel que busca que la historieta tenga su lugar entre las grandes artes y aquel que quiere que siga siendo un entretenimiento menor.  En este debate, así como en la incomodidad que despierta Informe, estas posturas se expresan bastante bien.

Los Un Faulduo a menudo son blanco de estas mismas críticas. Críticas que, además, se alimentan con la pregunta ¿qué sentido tiene hacer performances, una forma vetusta y perimida, en el siglo XXI? Homenajeantes y homenajeado se encuentran en una situación de igualdad. Los Un Faulduo respetan a rajatabla la estructura del libro de Masotta, que está dividido en tres partes: cómic norteamericano, europeo y argentino. En esta última, con la adición del famoso artículo de Oscar Steimberg sobre Patoruzú como personaje político. 

Pero lo que los Un Faulduo realizan a lo largo de su ”adaptación” es apropiarse justamente del ”esquematismo”, los paneles, la organización espacial de la historieta, el esqueleto que le da forma y sostiene su débil carne, y rellenarlo con elementos fragmentarios que ponen a prueba su condición de totalidad y su narratividad. Muchos teóricos mencionan que la característica fundamental de la historieta es la manera en que pone en escena sobre el espacio, el tiempo, construyendo de ese modo una narrativa que se desenvuelve frente a nuestros ojos pero que puede ser adelantada, atrasada, desplegada frente a nosotros en un continuo reordenamiento-remix vinculado a nuestra capacidad de lectura y a lo físico del formato historieta. 

Ese concepto es aprovechado para realizar, efectivamente, un remix desaforado. El prólogo se inicia con dos páginas abstractas en donde la figura de un Masotta dibujado a grosso modo se materializa sobre cuadros negros decorados con rayones blancos. La sección dedicada a los orígenes del cómic en los diarios está repleta de fotos de casas de barriadas pobres de inicios de siglo en los Estados Unidos, de niños pobres, de William Randolph Hearst, salpicadas con cuadritos descontextualizados de algunas de las tiras más famosas como Krazy Kat y The Katzenjammer Kids. En el medio, retratos realizados por los miembros del colectivo, con tinta gruesa y manchones, de estos mismos personajes, y frases de Masotta, oraculares, entrecortadas, como surgiendo del mismo éter, replicando ese curioso fenómeno por el cual la voz que escuchamos en nuestra cabeza cuando leemos es a la vez la nuestra y la de otra persona. Masotta siempre fue un maestro del aforismo, de la frase ingeniosa, del bon mot, y los Un Faulduo minan eso para combinarlo con una implosión plástica que sin embargo transmite muy bien la textura de cada período analizado. 

Así, la porción dedicada a la Edad Dorada de las tiras de prensa, entre 1930 y 1940, es una sucesión de páginas alucinadas, como filtradas a través de una inundación (o ácido lisérgico), una cascada de pequeños recortes acuosos. Un fervor incomprensible e irrepetible. En la sección donde Masotta desglosa Mort Cinder de Breccia y Oesterheld aíslan a los personajes como manchones de tinta y reducen la táctica y experimentación de Breccia a su mínima dimensión: lo negro que se va apropiando del blanco de la página. Finalmente, cuando deben encarar el estudio de Steimberg, lo sintetizan en cuatro páginas de fotos: Quinterno-Disney, Disneylandia-El Parque de Diversiones Dante Quinterno de Santa Cruz. Un juego de espejos en donde las similitudes y diferencias quedan en contraste fosforescente a través de cuatro detalles.

El libro de Un Faulduo es, por supuesto, un experimento, pero no solo en el sentido tradicional de prueba y error, sino también en el sentido que conecta a este término con su pariente ”experiencia”. Como menciona John Dewey en El Arte como Experiencia: ”lo estético no es una intrusión ajena a la experiencia, ya sea por medio de un lujo vano o una idealidad trascendente, sino que es el desarrollo intenso y clarificado de los rasgos que pertenecen a toda experiencia completa y normal”. Tal como el acto de leer y crear una historieta. Es un libro que puede ser abierto en cualquier página y transmite ideas-sensaciones y en el cual la siempre difícil definición formal del cómic implota para ser rellenada con conexiones y alusiones. Algo que le hubiese gustado a Masotta, nuestro primer teórico canalla.

el imán de lo nuevo

Ambos libros no existen en el vacío y tampoco están compuestos de vacío. Están compuestos de muchas ideas acerca de lo que es un cómic y se insertan en el movimiento de las últimas dos décadas de la historieta en Argentina que cada vez va dejando más atrás aquello que fue en reemplazo de lo nuevo que siempre está cambiando. Las resistencias y conflictos alrededor de su existencia ilustran lo que menciona Mark Fisher en su libro Realismo Capitalista, reverberando las palabras de T.S. Eliot: ”lo nuevo se define en respuesta a lo ya establecido; al mismo tiempo, lo establecido debe reconfigurarse en respuesta a lo nuevo”. En el caso de Informe, esto es muy claro: todos los artistas que están allí reaccionan, de forma consciente o inconsciente, contra lo establecido, demuelen sentidos comunes y claman por un espacio en donde su idea sobre qué es la historieta encuentre su lugar. En el caso del libro de Un Faulduo la relación es más directa y mutante: reconfigurar lo viejo, que en su momento fue nuevo y disruptivo, en la forma de lo nuevo. Ambos desean desafiar e ignorar, en partes iguales, aquello que fue considerado constitutivo de la historieta argentina en su momento. Ambos construyen un espacio de comunión entre el cómic, las artes plásticas y la teoría. Quizás no todas sus aproximaciones y páginas sean igualmente exitosas, pero allí hay algo que nace y grita, que está tomando forma y que exclama que lo que te perseguía ya no volverá.

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